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domingo, 28 de marzo de 2010

LAS TICs, LAS POLÍTICAS PÚBLICAS Y LA MERCANTILIZACIÓN EXTREMA DE LA CULTURA, LA INFORMACIÓN Y EL CONOCIMIENTO

1. Economía, conocimiento y acumulación de capital

La estrecha relación entre economía y conocimiento no es novedosa; la acumulación de capital estuvo históricamente vinculada a una acumulación de conocimientos. Esto supone que los cambios en los modos de producción y acumulación económica están mediados por los que tienen lugar en la dimensión simbólica. La producción de nuevos conocimientos lleva a lógicas económicas, sociales y culturales que modifican las precedentes.
Cuando Marx señala que la constitución del capitalismo, no solo requirió una acumulación primitiva del capital sino también del conocimiento, remite a los procesos sociales y culturales que van de la sustracción del conocimiento práctico de los artesanos a su articulación con el conocimiento científico sistematizado en el campo intelectual, realizados por un nuevo actor social: el burgués capitalista. La máquina a vapor inventada por James Watt en 1765 fue el punto de inflexión que abre el camino a la Primera Revolución Industrial, con la producción de la máquina herramienta que desplaza al trabajador artesano, provoca la ruptura entre el trabajo manual y el intelectual y la consagración del capital como regulador de las relaciones entre economía y conocimiento.
La Segunda Revolución Industrial da continuidad al proceso con la producción de máquinas por máquinas, con el descubrimiento y la utilización de la energía eléctrica. Aquella posibilita la revolución de los medios de transporte y la multiplicación de las vías físicas de comunicación y los cambios en las lógicas sociales y culturales que llevan al capitalismo industrial y luego al monopolista. En este proceso desempeña un papel significativo la emergencia de las industrias culturales que, a partir de 1895 con el nacimiento del cinematógrafo, incentivan el debate sobre la “sociedad de masas” y la “cultura de masas”.
Hacia 1930 las “masas” pasan a ser objeto de indagación sistemática -no ya desde la perspectiva de los análisis sociológicos clásicos de fines del siglo XIX y comienzos del XX- sino en cuanto mercado de electores y consumidores cuyas decisiones es preciso influenciar y en calidad de actores sociales a los que se torna imperioso disciplinar. El debate sobre la cultura de masas da cuenta de la conmoción que provoca en el imaginario burgués la irrupción de aquellas en los espacios urbanos y su acceso al consumo cultural –antes reservado a las elites- como consecuencia de los procesos de industrialización y metropolización. Se trata de un nuevo actor social –el proletariado- que, al ser concentrado en las fábricas y las ciudades, adquiere un potencial organizativo para reclamar derechos que la nueva forma de acumulación de capital le niegan.
Estos cambios provocan una mutación de la esfera pública y los procesos de formación de la opinión pública. Los medios de comunicación de masas desplazan el debate, hasta entonces privativo de los ciudadanos –o sea la burguesía- sobre los asuntos públicos para influenciar las decisiones del poder político a su favor, por la publicidad representativa (Habermas; 1983) gestionada por el poder para obtener consenso político –el voto de las masas- y, en segundo lugar, estimular el consumo. El impulso dado al consumo masivo de distinto tipo de bienes ha de verse no solo en su dimensión económica, sino también como estrategia política y cultural. Por una lado constituye un dispositivo de control y disciplinamiento social y, por el otro, responde a la necesidad de nuevos referentes colectivos que sirvieran a homogenizar los imaginarios e identidades de vastos sectores sociales de procedencia diversa, recién incorporados a la moderna sociedad industrial. En general campesinos e inmigrantes de distinta procedencia e iletrados, el cine de la etapa muda y el de comienzos del período sonoro cumplió un papel de primer orden en este sentido.
Surgen los estudios que inauguran e campo disciplinario de la comunicación social. El de Paul Lazarsfeld, Bernard Berelson y Hazel Gaudet, realizado en 1940, con motivo de la campaña electoral que enfrenta a Wendell Willkie y Franklin D. Roosvelt, “The People´s Choice” (El pueblo elige), es el primero de una serie que persigue el objetivo de afinar los mecanismos de persuasión para la producción de consenso, a partir de un análisis de las motivaciones de los electores. A estas primeras investigaciones les seguirán las dirigidas a promover el consumo de distintos productos, en general encargadas por agencias de publicidad. La comunicación social es entendida como una “ciencia de la persuasión”, en lugar de campo de estudio de un fenómeno cultural complejo y plurideterminado.
En la trayectoria que va de la Primera a la Segunda Revolución Industrial se sella la alianza definitiva entre capital económico, comunicación social, conocimiento científico-tecnológico y poder, que definirá el devenir de las sociedades.
La Tercera Revolución es la que está teniendo lugar con el desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación (TICs), – denominadas también “tecnologías de la inteligencia”- la convergencia entre ellas, la informática y las redes telemáticas, así como la disolución de las fronteras entre el trabajo manual y el intelectual, “manifiesta en la subsunción del trabajo intelectual -por el capital- y en una intelectualización general de los procesos de trabajo en la industria y el sector servicios” (Bolaño; 2005).
La clave de este cambio reside en la codificación del conocimiento como información, para plasmarlo en un soporte que permita almacenarlo, transferirlo, reproducirlo, clasificarlo y reutilizarlo; es decir convertirlo en mercancía, independizándolo de quienes lo produjeron. Esta nueva forma de acumulación de capital da inicio a la denominada “economía del conocimiento” para señalar que la producción de distintos bienes y servicios pasa por una etapa de creación intelectual que es la principal generadora de valor agregado.
Si bien la nueva economía supone la reducción de los costos de producción, almacenamiento y transporte, conlleva una serie de complejos fenómenos. Entre ellos los llamados “costos de adquisición” que son los de las “inversiones intelectuales necesarias para formar una comunidad capaz de comprender y explorar el conocimiento” (Foray; 2000, en Bolaño, op. Cit.). El conocimiento y la creatividad son bienes sociales inagotables, acumulativos, enteramente renovables y muy redituables, bajo ciertas condiciones que posibiliten su transformación en capital intelectual. Éste genera rentas a quienes lo producen –los científicos, los creadores y los que dominan el saber hacer- a los que tienen la capacidad de apropiárselo para producir nuevos conocimientos y a los que poseen el capital económico y pueden articularlo al intelectual. No se trata de articulaciones espontáneas, sino producidas por la intervención de diferentes actores sociales orientados por fines precisos.
Otro fenómeno vinculado a la “economía del conocimiento” consiste en que, al pasar a ser la dimensión simbólica o cultural el insumo principal de los procesos productivos, la generación de valor tiende a despegarse de los elementos tangibles –insumos materiales– para recaer cada vez más en los intangibles, más fáciles de transportar, acumular y almacenar, pero más difíciles de generar, manipular y controlar.
El ritmo de la renovación tecnológica pauta el de la acumulación de capital, a su vez determinado por el tiempo que media entre el momento de la producción y la “puesta en mercado” del nuevo bien o servicio y su consumo. La asociación entre economía e investigación científico-tecnológica se orientó, desde sus comienzos, por la necesidad de derribar las barreras de espacio y tiempo de modo de reducir el período de rotación de capital, de ser posible a 0, para agilizar la realización de su valor y, por consiguiente, el ciclo de acumulación del mismo, independizándolo de los bienes producidos. Este proceso culmina con la transformación del capital industrial en capital financiero.
En tanto la I + D para la producción de las TICs y la convergencia reclaman elevadas inversiones, la presencia del capital financiero en todas las ramas industriales y de servicios a ellas vinculadas ha ido creciendo, en particular en los procesos de compras y fusiones que llevan a la conglomerización. Esto es verificable en la formación de los gigantes que abarcan los campos convergentes de las telecomunicaciones, la TV cable y el acceso a Internet –que ofertan estos servicios en un “paquete”, o triple play- también entre la producción de hardware, las industrias culturales –los complejos audiovisual, impreso y/o fonográfico- con medios de comunicación social, a los pueden agregar en algunos casos las telecomunicaciones y/o la informática, que asimismo pueden incluir hileras verticalmente integradas en uno o varios de dichos sectores.

2. El conocimiento como información-mercancía y las nuevas formas de fragmentación social

La denominada Sociedad del Conocimiento es aquella en la cual los insumos fundamentales de los procesos económicos y sociales son la información, la creatividad y el conocimiento, así como los recursos para gestionarlos. La importancia que tuvieran la máquina de vapor en la Primera Revolución Industrial y la electricidad para la Segunda, hoy la tienen las TICs, por su papel estratégico como “sistemas de gestión” de informaciones y conocimientos de distinto tipo, aplicables a fines diversos.
Entre los principales fenómenos relacionados a estos cambios destacan:

a) La revolución de la microelectrónica, iniciada desde mediados de los 50s con la mayor inversión en investigación de la historia volcada a la industria bélica, para el desarrollo de nuevas armas durante el período de la “guerra fría”, principalmente en el caso de Estados Unidos. Aplicada a usos civiles esta revolución da lugar a las TICs, que entre otras posibilidades, dan respuesta a las necesidades del capital de reducción o abolición de las barreras de tiempo y espacio interpuestas a su circulación.

b) La mundialización de la circulación de los flujos financieros, comunicacionales y culturales y la concentración del poder en estas dimensiones por conglomerados integrados que constituyen sistemas de elevada sinergia. Ellos son los actores protagónicos de la globalización, que pasan por encima de las fronteras políticas y presionan a los estados nacionales para que adopten medidas que los favorezcan. Al encontrar un límite a las mismas en sus países de origen, trasladan inversiones y algunos de sus procesos a los países periféricos que les ofrecen “ventajas competitivas”, fragmentando la producción de acuerdo a ellas.

c) El desplazamiento del modo de producción fordista característico de la era industrial, por el post-fordismo. Aunque no hay un consenso acabado sobre este concepto, el post-fordismo se caracterizaría por la preponderancia de los servicios y la producción basada en el capital intelectual, la gestión del conocimiento y la capacidad de intervenir en sus procesos de codificación, circulación y apropiación; las políticas económicas neoliberales que impulsan el retroceso del Estado a un rol subsidiario y la hegemonía de las fuerzas que controlan los mercados sobre éste y la sociedad; la distribución regresiva de la riqueza; el acentuamiento de las desigualdades, la transnacionalización y segmentación de los mercados a nivel global, así como la fragmentación del poder social y político. Factores que suponen un proceso de desinstitucionalización (Garretón Silva; 1999), que no es sino la desestructuración de las relaciones e instituciones pre-existentes para una reestructuración funcional a los nuevos requerimientos de acumulación de capital, la cual aún no termina de definirse. Las nueva institucionalidad que compatibilice las formas de acumulación de capital del post-fordismo con las esferas social y política, como sucediera en la etapa fordista. (Herscovici; 2005) ya no podrá estar acotada a los espacios nacionales, sino que ha de ser supranacional para poder actuar sobre la economía global. La constitución de los bloques integrados de naciones responde a la necesidad estratégica de cada una de las integrantes de lograr una inserción favorable –o no tan subordinada o desfavorable- en el capitalismo global.

d) El sistema de marcas y patentes, que determina el pago de royalties y derechos de copyright, como eslabón central de las cadenas productivas de la “economía del conocimiento” dentro de la cual el mismo tiende a constituirse en un sector económico relativamente autónomo. Las patentes son, precisamente, las que sintetizan y cristalizan la subsunción del capital intelectual por el capital económico, como el acceso al know-how, el know-what, el know-who, los cuales implican diferentes conocimientos y grados de complejidad y niveles de codificación aplicables al logro de distintos objetivos. Esta codificación trasladada a la creación de nuevos bienes y servicios es convertida en una mercancía –la marca o patente- que significa un proceso de acumulación de capital por sí misma.

e) Si bien las TICs constituyen un universo cada vez más vasto e interconectado -características que se potencian con la digitalización- son apenas la antesala de la Tercera Revolución Industrial. Ellas sirven para alcanzar la fase culminante de la misma: las BIOTECs (biotecnologías). Los hallazgos producidos por las investigaciones en el campo de la genética con fines económicos, mediante la ayuda de la informática, están posibilitando el patentamiento de elementos fundamentales de la vida humana y natural (genes, series de células, tejidos, órganos y organismos) para modificarlos o reproducirlos en laboratorios. Estos descubrimientos prometen nuevos y voluminosos mercados, cuando el avance de los procesos logre derrumbar las barreras éticas que aún se le interponen

f) De acuerdo a las reglas del mercado, la información es clasificada en tres compartimientos principales: la científica y tecnológica, de y para los creadores y expertos; la técnica o especializada, que requieren los gestores y gerentes y la masiva, dirigida al espacio público bajo la forma de noticias y/o enterteinment. El acceso a las dos primeras es restringido, mientras que los circuitos para el procesamiento y la difusión de la tercera crecen geométricamente. No obstante, existen relaciones de complementaridad entre las tres.

g) Formar a los actores sociales con los perfiles necesarios para la reproducción del sistema depende de condiciones dinámicas en las cuales intervienen distintas variables históricas, propias de cada espacio particular, las que no son totalmente “controlables” por los conglomerados, por mas grandes y poderosos que ellos sean. Las lógicas social, cultural y política pueden redefinir el escenario a nivel nacional e inclusive regional, en función del proyecto de desarrollo de las naciones, anteponiéndolo a los objetivos de acumulación de capital y reorientando la función de las innovaciones. La autonomía cultural es el requisito para la adopción y el sostenimiento de decisiones políticas acerca del modelo o estilo de desarrollo que una sociedad considera deseable. Es el marco simbólico que sostiene la identidad y da sentido a las opciones de vida de una comunidad, el factor fundamental de la libertad de elección.

h) La renovación tecnológica implica, no sólo la venta de artefactos, equipos, o servicios, como vehículos de información o contenidos, sino también nuevos lenguajes, sentidos y campos de conocimiento, que pueden estar o no en consonancia con las competencias, necesidades y expectativas de sus potenciales mercados consumidores. Son diferentes las competencias requeridas para disfrutar un programa televisivo, que para ser usuario de Internet y, dentro de este universo, no guardan correspondencia las que manejan los niños y adolescentes que usan la red principalmente para bajar música, chatear o enviar mails, con las requeridas para seleccionar información pertinente a los objetivos de una investigación o un campo de estudio o de trabajo. Si la nueva economía puede desvincular el conocimiento producido de quienes lo produjeron para codificarlo y transformarlo en mercancía al servicio de la reproducción ampliada del capital y reducir su dependencia de los insumos tangibles o materiales, no puede hacer otro tanto con las lógicas sociales, culturales y políticas que inciden, tanto en la formación de las capacidades de innovación y producción de conocimientos, como en las de apropiación de los nuevos bienes y servicios. De allí que, en el caso de los países que actúan eminentemente como importadores-receptores de las TICs, en el doble aspecto de equipos, conocimientos y discursos, el énfasis de las políticas públicas ha de estar puesto en la formación para lógicas de apropiación y formas de uso que beneficien a las comunidades, en vez de reproducir la dinámica mercantil de sus exportadores.

i) La multiplicación de los circuitos electrónicos de distribución de informaciones y bienes culturales dirigidos al enterteinment y el dominio de los mercados mundiales respectivos por quienes controlan los mismos, así como la producción de contenidos simbólicos en economías de escala y su circulación transfronteras, imponen restricciones al desarrollo endógeno de conocimientos, tecnologías y bienes culturales en los países que actúan preponderantemente como importadores en los rubros comprendidos por las TICs. Los conocimientos tecnológicos complejos, que son codificados y clasificados en nuevos sistemas de almacenamiento por empresas privadas, están cada vez más vinculados a la producción de los bienes de las industrias culturales basadas en contenidos simbólicos, sobre todo en el campo audiovisual que constituye una poderosa fuente de acumulación, en términos materiales y simbólicos.

j) El acceso a la conectividad, en cuanto vínculo físico con las computadoras e Internet, pese a su importancia, no es el factor de mayor peso en los actuales procesos de diferenciación social. Es en la división entre el conocimiento científico disponible, que constituye un producto social -o un bien público-y su apropiación por escasos individuos y grupos donde reside el “núcleo duro” de la brecha digital. Ella consagra y cristaliza la forma más severa de fragmentación social: entre el sector de los “entendidos o conocedores”, relacionados al mundo académico, el poder económico y los procesos de acumulación de capital y, por otra parte, el de los “entretenidos o consumidores”, constituido por los sectores sociales excluidos del acceso al conocimiento y de la adquisición de los nuevos perfiles laborales que demanda la economía basada en el mismo. Este es “el” problema que afecta el desarrollo de la mayor parte de las sociedades y la principal contradicción del nuevo modo de acumulación: mientras las TICs, la digitalización, la convergencia y otras innovaciones multiplican las redes telemáticas poniendo de relieve la hiperabundancia de canales para la circulación de informaciones de distinto tipo y se incrementan las posibilidades de intercambio e interacción, poniendo de relieve el carácter social del conocimiento, más se concentra la apropiación privada del mismo para transformarlo en mercancía. En el universo de los “entretenidos” la cultura y la concepción del mundo hegemónicas son las de Estados Unidos, naturalizadas como sinónimo de “universales” o “democráticas”.

Como parte de estos cambios tiene lugar una reestructuración de las relaciones de poder que debilita al Estado-nación tal como fuera concebido por la modernidad, en el marco del aumento de las desigualdades socioeconómicas y de acceso al capital cultural, la transformación de las formas de sociabilidad y de construcción de las identidades e imaginarios colectivos.
Al igual que las tecnologías, las crisis económicas, los problemas ambientales, sociales, políticos y culturales rebalsan las fronteras de los países. La mundialización de los conflictos provoca en las sociedades el sentimiento de estar ante poderosas fuerzas anónimas e impersonales –“el mercado”, “la globalización”, “FMI”, “Wall Street”- en cuyas decisiones resulta imposible incidir. Se responsabiliza a los gobiernos y las fuerzas políticas nacionales de la incapacidad para contrarrestar estos procesos que significan un deterioro de las condiciones de vida. El desgaste y la falta de credibilidad en la política ponen de manifiesto las insuficiencias de las instituciones de la democracia representativa para hacer frente a los nuevos retos y la falsedad de las tesis que las erigen como condición del desarrollo económico capitalista y a éste en cuanto requisito del progreso social. Los lazos societarios que generaban sentimientos de arraigo, pertenencia y confianza se disuelven, mientras crece la desocupación en los sectores sociales excluidos del acceso al conocimiento, se incrementan los conflictos y las migraciones, así como los contactos entre diferentes culturas.
La falta de explicaciones racionales sobre estos fenómenos desplaza los sentimientos de temor e incertidumbre hacia la construcción de “enemigos identificados” externos a la propia cultura, los “otros” en los cuales se depositan las causas de los problemas o la amenaza a lo propio. Proliferan la xenofobia, distintas prácticas de discriminación y racismo y formas cada vez más atroces de violencia, explotación, abuso y destrucción, particularmente contra los más débiles; niños y mujeres. Esta regresión moral, vinculada a la escisión entre ética, economía y política, muestra la paradoja de una “sociedad del conocimiento” que, junto a extraordinarios avances tecnológicos que trazan los perfiles de las utopías futuristas construidas desde la razón técnica, abre las compuertas a formas de irracionalidad atávicas, guerras y genocidios.
Dos dinámicas de tendencias opuestas se relacionan con estos fenómenos: globalización cultural, que refiere a la circulación transterritorial de contenidos simbólicos y flujos informativos, con la tendencia a la desterritorialización de los procesos de construcción de las identidades e imaginarios colectivos con miras a la construcción de un mercado consumidor mundial unificado y, por otra parte, un reforzamiento defensivo de las micro-identidades locales y grupales, que coexisten de manera dispersa en cada territorio nacional formando “constelaciones de nosotros fragmentados” (Escobar; 2005). La pérdida de peso de la dimensión nacional es producto de ambas.

3. Del Estado de Bienestar al malestar de la mercantilización

El Estado liberal de derecho había garantizado la igualdad ante la ley de todos los habitantes de un territorio delimitado geográfica y simbólicamente. En función de estos derechos de ciudadanía los distintos grupos debían deponer sus particularismos -lingüísticos, religiosos, culturales, etc.- y asumir la obligación de velar, junto al Estado, por la unidad –física y simbólica- de la Nación. Esta promesa incumplida en el siglo XVIII, encontró un principio de ejecución en la primera mitad del siglo XX con el Estado de Bienestar. Este nuevo estado puso en marcha un nuevo contrato social que garantizaba el derecho al trabajo mediante el pleno empleo, la estabilidad laboral, la agremiación con los convenios respectivos, una jubilación digna, la prevención de la pobreza mediante un salario mínimo y sistemas públicos de ayudas, el acceso a la educación, la salud, la cultura de manera gratuita garantizados como derechos tendientes a compensar las desigualdades generadas por la dinámica del mercado y promover una movilidad social ascendente (Burgelman; 1999). Se entendió que este era un peldaño hacia la utopía de progreso indefinido y que el Estado asumía su obligación de garantizar la igualdad de oportunidades a todos los ciudadanos por el solo hecho de ser tales y los derechos humanos a todos quienes tuvieran esta condición. Los rasgos culturales construidos en torno a estos derechos universales fueron asumidos como valores vertebradores de la vida colectiva, constituyéndose en la principal fuente de cohesión de las sociedades.
En Argentina el Estado de Bienestar fue el comprendido por el período que va de 1946, con el triunfo electoral de Juan D. Perón, hasta 1952, cuando es derrocado por el golpe militar autodesignado ”Revolución Libertadora”, vulgarmente denominado “Revolución Fusiladora”, dado que por primera vez en el siglo XX se fusiló a opositores y se bombardeó al pueblo autoconvocado en la Plaza de Mayo. El mismo dio inicio a un largo ciclo de proscripciones, gobiernos civiles surgidos de elecciones ilegítimas, golpes militares y luchas populares resistenciales, que derivaron en formas de violencia que la dictadura que asume en marzo de 1976 lleva a su punto culminante con el terrorismo de Estado. Esta fue la forma de imponer a la sociedad el proyecto económico neoliberal, luego que fracasaran los sucesivos intentos anteriores, tanto de gobiernos civiles –de corta duración- como de los surgidos de golpes militares, resistidos por los sectores populares organizados.
No obstante el corto período de vigencia del Estado de Bienestar en Argentina, éste significó la etapa de mayor desarrollo económico, social y científico-tecnológico, de la cual es tributaria la industrialización temprana del país, que le permitiera hasta fabricar aviones y ubicarse a la vanguardia de la articulación entre conocimiento y economía dentro de América Latina. Los logros también comprendieron derechos sociales que permitieron a los sectores populares, no solo el acceso a distinto tipo de bienes y servicios que antes se les negaba, sino también adquirir la conciencia de su dignidad, en cuanto clase trabajadora y la de ser actores protagónicos de la construcción de un proyecto nacional. La distribución de la renta nacional fue la más equitativa de la historia, con una participación de los trabajadores que llegó a superar el 50% poco antes del golpe militar de 1952. Porcentaje que se redujo a la mitad con los avances del proyecto neoliberal en los períodos dictatoriales, el cual se afianza en los 90.
Las nuevas formas de acumulación del capitalismo global, no sólo rompen el contrato social del Estado de Bienestar, dando por concluida la vigencia de los derechos que lo sustentaban, sino también determinan la caducidad de los mismos y los marcos simbólicos que ellos proporcionaban en su carácter de valores organizadores de la convivencia social. Se impone la lógica del mercado sobre el Estado y la sociedad y se la legitima su hegemonía mediante la construcción de sentidos y prácticas competitivas e individualistas, que naturalizan la apropiación privada de los bienes públicos. Si bien ellas estaban presentes en el capitalismo desde sus inicios, son ahora liberadas de las mediaciones que las regulaban en nombre del “bien común”, como valor superior que daba sustento al sentido de comunidad. Es esta una mutación cultural que conduce a la anomia y provoca daños al tejido social, más profundos y perdurables que los económicos.
Apenas quedan huellas de la radio y la televisión de “servicio público” de la etapa del Estado de Bienestar. Las privatizaciones de los medios de comunicación dan inicio a procesos de compras y fusiones cuyos resultados son una conglomerización y una transnacionalización inéditas en la historia. Estos cambios son impulsados por varios factores; la convergencia tecnológica que facilitan las TICs, la producción en economías de escala y la constitución de mercados ampliados controlados por las grandes empresas que empujan desregulaciones a su favor de parte del “Estado mínimo” configurado de acuerdo a la receta del “Consenso de Washington” y las nuevas formas de acumulación de capital del post fordismo, para las cuales la información, la comunicación y la cultura son insumos estratégicos.
La conformación de estos organismos totalitarios que ejercen el monopolio de las libertades de expresión e información, las cuales habían constituido un arma fundamental en la lucha de la burguesía para su acceso al poder político, se produce en el seno de las formas de gobierno democráticas ideadas por aquella.
Este pasaje de las empresas de medios nacionales y de los sistemas de servicio público de comunicación de la etapa fondista a la conglomerización, fue apoyado desde el Estado del proyecto neoliberal, asociado al poder del capitalismo post fondista global que centra en el sector servicios –en particular los vinculados a la comunicación- la nueva forma de acumulación de capital.
El argumento más utilizado para justificar el sacrificio de un bien público a la voracidad mercantil, fue la necesidad de contar con “gigantes” nacionales que pudieran competir fuera de las propias fronteras con los de su misma especie pertenecientes a otros países. Esta falacia quedó al descubierto al poco tiempo de iniciarse el proceso de compras y fusiones entre marcas cuya nacionalidad se perdió en los vericuetos del capital. La intrincada trama multinacional formada por compras y absorciones de empresas, participaciones accionarias cruzadas entre compañías de diverso origen y sector, a la cual se suman bancos, fondos de inversión y capitales provenientes de paraísos fiscales, con una movilidad continua de las transferencias de acciones, impiden conocer a ciencia cierta a quienes pertenecen las marcas originarias. La nacionalidad pasó a ser identificada como el lugar donde se ubican sus edificios-sede, que puede diferir de la de quienes controlan las principales empresas del grupo o son sus accionistas mayoritarios, además sumamente variables en tanto el capital financiero encontró uno de sus nichos especulativos en este dinámico sector.
A los procesos generales que llevan a engendrar estas criaturas, se suma, en el caso de Argentina, una larga lista de anomalías que parten de la vigencia de una vergüenza de origen: un marco normativo dictado por la última dictadura –el decreto-ley 22.285 de 1980- con alrededor de 180 enmiendas parciales por decretos del Poder Ejecutivo durante los 90s y hasta 2005. La ley 23.696 de reforma del Estado, del período Menem-Cavallo, permitió la conformación de los grupos multimedia al eliminarse la prohibición a los propietarios de publicaciones periódicas y diarios de adquirir emisoras de radio y de televisión. El decreto 1062/98 facilitó la transferencia de los paquetes accionarios en momentos en que se conformaba el grupo CEI-Citicorp, que auspiciaba la segunda reelección del entonces presidente (López; 2008). Esta modificación ampara las maniobras de los adjudicatarios originales para transferir las licencias con fines de lucro y ocultar en el anonimato los nombres de los nuevos titulares. El decreto 1005 de 1999, durante el gobierno de De La Rúa, consolidó a los monopolios al ampliar la cantidad de emisoras de radiodifusión que podía tener cada empresa. Una ley promulgada por el Congreso de la Nación a pedido del conglomerado multimedia más poderoso del país, le facilitó licuar sus pasivos en dólares, luego de la devaluación motivada por el derrumbe del proyecto neoliberal en diciembre de 2001. Eufemísticamente denominada “Ley de Protección de Industrias Culturales Nacionales” es conocida como “Ley Clarín”. Esta serie culmina con el decreto 527 de 2005, del Poder Ejecutivo, que prorrogó las licencias a punto de vencer por diez años más –en algunos casos permitiendo que lleguen hasta el 2017- sin un nuevo llamado a licitaciones que abriera el mercado a la competencia. A ello se superpone la obsolescencia absoluta del cuerpo normativo sobreviviente, que no contempla ninguno de los cambios tecnológicos acaecidos desde el fin del fordismo. El sector de la radiodifusión argentina tiene el privilegio de pertenecer a una “tierra de nadie” donde, como se sabe, la única ley es la que impone el más fuerte.
Es este marco de relaciones de poder asimétricas en el cual se inscribe, en Argentina, la guerra simbólica por la imposición del sentido que está teniendo lugar a nivel global. Esta guerra persigue naturalizar en las sociedades la subordinación del poder político nacional a los intereses de las corporaciones económicas que controlan los diferentes mercados globales de bienes y servicios, en particular los más vinculados a la economía del conocimiento. Derribar las vallas que las identidades culturales particulares y proyectos de desarrollo autónomo oponen a la constitución de un mercado de consumo global, una cultura y un sistema político que faciliten el control de los diversos recursos del planeta, hasta la vida humana misma, para ponerlos a disposición de la acumulación de capital, es el objetivo que orienta a la actual fase post fondista. El campo cultural es clave para gestar consenso hacia el mismo, a nivel nacional y planetario, mediante la vía regia del consumo –o la ilusión de acceso a él- y las utopías que remiten a un futuro feliz en el que las tecnologías resolverán todos los problemas. Ante la desestructuración de las instituciones políticas tradicionales, los conglomerados multimedia han asumido la función de vanguardia política en esta lucha que compromete el futuro de la sociedad.
La guerra simbólica implica la expropiación de identidades y sentidos, no para crear “vacío” –sería un imposible lógico- sino para sustituirlos por otros que resemantizan los diferentes fenómenos de la realidad histórica desde la misma perspectiva ideológica. El principal terreno de batalla son los imaginarios colectivos de los públicos y las armas privilegiadas son las nuevas prácticas y valores que se promueven desde el campo audiovisual ampliado, las cuales son replicadas por todos los medios. Es en este campo en el cual la industria de Estados Unidos y sus distribuidores locales ejercen el control de más del 80% de los mercados latinoamericanos y de la mayor parte del mundo.
Las corporaciones de la industria audiovisual integradas a los medios, las telecomunicaciones y la informática se han constituido en las instituciones socializadoras por excelencia de los niños y adolescentes, desplazando a un lugar secundario al sistema educativo formal. Estos sectores sociales constituyen el principal target de los nuevos bienes y servicios posibilitados por las TICs. Se trata de capturar tan importante “nicho de mercado” a la edad más temprana posible a fin de “fidelizarlo” con ciertas marcas y productos que lo acompañarán a lo largo de su proceso de crecimiento hasta la adultez. Así son formados, a la vez, los públicos consumidores actuales y los del mañana. Ya se producen programas de televisión y DVDs para bebés y niños de 0 a cuatro años -pese a que algunos estudios demuestran que ver televisión a esa edad obstaculiza su desarrollo- y las campañas publicitarias de telefonía celular apuntan, principalmente, a los niños y adolescentes. El marketing de los teléfonos celulares fomenta la ilusión de poder de los niños y adolescentes y en los padres, la creencia de que comprar un aparato a sus hijos les permite ejercer control y protección a distancia, cuando salen a un “mundo externo” percibido como plagado de amenazas que, obviamente, los medios de comunicación se encargan de amplificar. Sin embargo, los niños y jóvenes han redefinido los modos de uso de la telefonía celular, desplazando sus funciones tradicionales hacia las lúdicas y de sociabilidad, fenómeno mundial no previsto por sus fabricantes, ni por los padres y maestros, el cual constituye un ejemplo del papel determinante que cumplen las lógicas sociales y culturales de apropiación de las TICs en la redefinición de su uso y su sentido.
El crecimiento del poder simbólico facilitado por las TICs es acompañado de un fenómeno similar en la dimensión económica. La intervención de los complejos de las comunicaciones y la información en la creación de riqueza y puestos de trabajo es cada vez mayor. La participación de las industrias culturales, medios de comunicación y los nuevos servicios de valor agregado en el PBI crece cada año a un ritmo que duplica al del resto de la economía en los países más avanzados. Esta evidencia y la que señala la incidencia decisiva de la dimensión simbólica en los procesos económicos han despertado un repentino interés por la cultura en el campo de la economía, el cual se expresa en conceptualizaciones como “economía creativa” e “industrias creativas”.
El primer informe de la UNCTAD sobre el tema destaca que las industrias creativas se cuentan entre las más dinámicas de los sectores emergentes en el comercio mundial. En el período 2000-2005, el comercio de productos y servicios creativos aumentó sin precedentes a una tasa media anual del 8,7 por ciento. Las exportaciones mundiales de productos creativos fueron valoradas en $ 424,4 millones en 2005 en comparación con $ 227,5 millones en 1996, según cifras del anteproyecto de la UNCTAD. Los servicios creativos, en particular, gozan de un rápido crecimiento de las exportaciones: 8,8% anual, entre 1996 y 2005. Esta tendencia positiva se produjo en todas las regiones y grupos de países y se espera que continúe en las próximas décadas, en el supuesto de que la demanda mundial de bienes y servicios creativos siga en aumento.
Estos conceptos ambiguos suelen suscitar confusiones en un campo cuyos acelerados cambios dejan muy a la zaga los procesos de análisis y comprensión de los nuevos fenómenos. Es imposible efectuar investigaciones comparativas y no pueden tomarse al pie de la letra los datos de las realizadas, hasta tanto se defina con precisión el objeto de estudio y se delimite el campo y, en consecuencia, las variables e indicadores que, en cada análisis particular habrán de incluirse. Las explicaciones “prêt à porter”, presentadas bajo la supuesta imparcialidad ideológica de la ciencia, se propagan como la moda, sin un análisis de las causas que las motivan ni de las derivaciones de su aplicación.
El marco explicativo del concepto “industrias creativas”, a la par de describir la realidad de mercantilización extrema de la cultura y de la importante participación de ésta en la esfera económica, señala que el poder de la dimensión simbólica que conllevan las TICs se extiende a diferentes campos. El Informe citado propone adoptar el campo, aún difuso, de las “industrias creativas” como paradigma para que los países “emergentes” puedan encontrar en ellas un rápido atajo para su ascenso al “desarrollo” (UNCTAD; op. cit) . La linealidad intelectual de estas interpretaciones pone de manifiesto que el Informe vuelve a ubicar el desarrollo como proceso que se despliega en el tiempo y con un único punto de llegada: el capitalismo liberal de mercado -cualesquiera sean las particularidades, condiciones y opciones sociohistóricas y culturales de las diversas sociedades- equiparándolo al mero crecimiento económico. Hipótesis cuestionada, refutada y superada por la evidencia empírica y por los aportes de la UNESCO y de reconocidos especialistas en la materia.

4. Las políticas culturales públicas en el nuevo escenario

Con algunos matices que muestren ciertas preocupaciones “sociales” y el debate de ideas entre las elites intelectuales -o peor aún, la “bajada de ideas” de éstas al “pueblo” para “concientizarlo” o “culturizarlo”- las políticas culturales públicas siguen refugiadas en el modelo tradicional. En general definidas desde el “despotismo ilustrado” (Bustamante; 2005) ellas responden a la lógica de una institucionalidad perimida, en Argentina la forjada en el primer tercio del siglo XX con algunos retoques. Históricamente orientada a las bellas artes, el patrimonio, la cultura erudita y de manera esporádica, el folklore y las artesanías.
Estas políticas culturales provocan efectos regresivos: son de signo neoconservador aunque se proclamen “progresistas”. Mientras se obsesionan con el pasado, dejan el presente y el futuro: los medios de comunicación social y las TICs, librados a la lógica de mercados oligopólicos que solo procuran objetivos mercantiles y deterioran la diversidad cultural de las sociedades, en lugar de responder a sus necesidades.
La intervención de las políticas culturales públicas en los campos que en la actualidad tienen mayor incidencia en la construcción de las identidades e imaginarios colectivos, constituye un imperativo. Ello reclama aplicar principios orientados a la descentralización, la participación de las comunidades y la articulación con los actores privados y sociales -y de otras áreas de la administración pública- en torno a objetivos compartidos, de modo de formular planes y programas que posibiliten equiparar las profundas desigualdades en la apropiación del capital simbólico de la sociedad, reproductoras de la pobreza y la exclusión social.
La lucha simbólica pasa hoy, de manera principal, por el campo audiovisual ampliado y la apropiación de las TICs, desde una perspectiva que anteponga los objetivos de un proyecto de desarrollo nacional y de integración latinoamericana a los mercantiles y de control social de sus vendedores. Es preciso que las políticas culturales públicas reafirmen los principios que contribuyan reconstruir los lazos y sentidos de pertenencia a una identidad ampliada, mediante el conocimiento de la diversidad que la constituye en un patrimonio común que es fuente de riqueza material y simbólica.
La noción de servicio público ubica el acceso a las TICs en su relación con la participación de los ciudadanos en la cultura y la comunicación, comprendiendo en ello a las industrias culturales y las “industrias creativas”, así como los procesos que van de la formulación de políticas hasta los de creación, difusión y disfrute de los bienes simbólicos, los cuales han sido consagrados como derechos humanos fundamentales, directamente vinculados a la construcción de ciudadanía y a la democracia.
Aunque obvio, es preciso subrayar que la mercantilización extrema a la que están sometidas las industrias culturales, los medios de comunicación social y las TICs, determina graves desigualdades sociales y territoriales en materia de acceso y participación en la cultura y el conocimiento que vulneran estos derechos. Los sectores sociales sin suficiente poder adquisitivo y las zonas que no constituyen mercados significativos, son simplemente dejados de lado por el sector privado. Las estadísticas-promedio sobre acceso a las TICs encubren una cartografía de distribución social y territorial signada por grandes desequilibrios. Este patrón de desigualdad, se reitera en los diferentes consumos culturales y medios de comunicación social; desde la computadora hasta la televisión paga, los libros y el acceso al cine. Por ejemplo, el 60% de los chicos de nivel socioeconómico alto usa la computadora a diario, el 34% en la clase media y el 11% en la baja.
Es preciso admitir que si la escuela nunca fue autosuficiente, menos lo es en la actualidad; ya no es posible atribuirle el monopolio de los procesos de enseñanza-aprendizaje. Se impone, asimismo, el pasaje de la orientación enciclopedista que pone el énfasis en los contenidos, a otra que priorice los procesos de co-construcción de conocimientos, desarrollo de la creatividad, de la capacidad de análisis y de las aptitudes y actitudes para el autoaprendizaje, cooperar y asociarse en procura de objetivos compartidos, a cuya formación han de contribuir los medios de comunicación social y las políticas culturales. Otra área de particular importancia es la capacitación de los docentes, los niños y los jóvenes para la incorporación de las TICs, comprendiendo la Formación en Recepción Crítica de Medios Audiovisuales, considerándolos no sólo como vehículos para la transmisión de contenidos sino en su calidad de arte, industria y nuevo campo de conocimiento. La visión estrecha y reduccionista de las mismas que las circunscribe a la informática y a las habilidades operativas para usar la computadora, es un problema cultural.
La mercantilización de los bienes culturales es la de la vida humana misma. Ellos se diferencian de otros porque están basados en contenidos simbólicos que, en todos los casos, son productores de sentidos determinantes de la construcción de las identidades e imaginarios colectivos, en razón de lo cual no pueden ser considerados una mercancía cualquiera. En este principio se basa la doctrina de la “excepción cultural”, elaborada por Francia en las disputas en el marco de la OMC ante la presión de Estados Unidos para liberar el comercio internacional de bienes audiovisuales y otros servicios culturales. Este principio fue ratificado por la Convención Internacional para la Preservación y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales sancionada en la UNESCO en 2005, cuya vigencia rige desde 2007.
Ya en 1982, la Declaración de la Conferencia Mundial de Políticas Culturales realizada en México (Mundiacult) afirmaba el derecho y la necesidad de todas las naciones y comunidades a edificar sus propias industrias culturales, en tanto sector estratégico del desarrollo en sus dos dimensiones; económica y simbólica. Resalta la Declaración la necesidad de poner en vigencia los derechos a la visibilidad y la presencia de las diferentes identidades culturales como requisitos fundamentales de la diversidad cultural.
Se trata, entonces, de redefinir el rol del Estado en relación a los nuevos fenómenos culturales que suponen los medios de comunicación social y las TICs, sin que ello implique negar la existencia de mercados. Los mismos son bienes y servicios que deben ser considerados en sus dos dimensiones constitutivas; económica, en tanto fuentes de acumulación de capital, contribución al PBI y creación de puestos de trabajo calificado y simbólica, por su capacidad de construir sentidos que producen la realidad, e inciden en la formación de los conocimientos, la construcción de ciudadanía y la calidad de vida.
Cualquiera sea la forma de definir a las “industrias creativas”, su incorporación a las políticas públicas ha de efectuarse de acuerdo a una lógica social y cultural dirigida a contrarrestar la lógica prevaleciente, de mercantilización y apropiación privada de conocimientos que son bienes sociales.
La sociedad del conocimiento presenta desafíos inéditos a los países “emergentes”, puesto que si las capacidades intelectuales y creativas humanas constituyen el recurso fundamental de la creación de valor y la acumulación de capital, su disponibilidad en cantidad y calidad suficientes constituye la ventaja competitiva por excelencia.
Esto significa un cambio de eje en la orientación de las políticas públicas económicas, educativas, culturales, comunicacionales, y otras que siguen inmersas en una institucionalidad creada para responden a la división internacional del trabajo históricamente asignada a las repúblicas de América Latina: la de proveedoras de materias primas para sostener la acumulación de capital y el desarrollo industrial de las metrópolis del Norte y constituir mercados importadores de las manufacturas allí producidas, incluidos los bienes simbólicos. Si esta orientación funcionó como motor de la acumulación de capital en las metrópolis externas y en escasos núcleos de poder internos, articulados a los grupos de poder de aquellas, la “economía del conocimiento” la potencia de manera superlativa.
Más allá de las “ventajas” transitorias que pueda brindar el mercado internacional a ciertas materias primas exportadas por el Sur, los países que sigan actuando como enclaves extractivos y proveedores de recursos primarios en beneficio de la acumulación del conocimiento y la formación de capital intelectual en pocos centros y empresas de las metrópolis del Norte, estarán reproduciendo asimetrías propias del estadio colonial. Cuanto mas se prolongue dicha situación, tanto más difícil será revertirla.
Es probable que zonas enteras del Sur del planeta -entre ellas parte de América Latina- queden marginadas de los beneficios de la Tercera Revolución Industrial, a la cual están contribuyendo con sus recursos, tal como sucediera con la Primera y la Segunda, que fueron facilitadas por la acumulación de riquezas extraídas de las colonias. Vaciadas de sus recursos, descapitalizadas, rezagadas científica y tecnológicamente y acarreando los costos del deterioro ambiental que dicha dinámica impone, no podrán dar respuesta a las demandas internas para la superación de las desigualdades que las afectan, las que seguirán ampliándose, con las consecuencias de inestabilidad política y conflictividad social crónicas que ello implicaría.
Es preciso señalar que la producción de cualquier tipo de conocimientos y la creatividad en abstracto no equivalen a la formación del capital intelectual. Si bien la creatividad es un recurso social aplicable a la resolución de infinidad de problemas, por lo que las políticas culturales, comunicacionales y educativas públicas deben fomentarla de manera permanente, la producción del conocimiento apropiado a las condiciones socio históricas y naturales de un país reclama procesos de investigación y planificación que posibiliten identificar los recursos –humanos y de otro tipo- existentes, así como las fortalezas y debilidades para desarrollarlos como capital intelectual. A su vez, la articulación de éste con el capital económico se basa en el diseño y la instrumentación de estrategias de articulación de los actores involucrados en los procesos que conducen de la innovación al producto puesto en el mercado.
La “economía del conocimiento” comprende una compleja red de factores que van desde las políticas públicas, económicas, de educación, comunicación, cultura, y ciencia y tecnología; a la formación de los creadores de innovaciones y nuevos conocimientos científicos; los actores económicos o empresas –sean privadas, públicas o mixtas- dispuestos a invertir en I + D y en la producción de los nuevos bienes y servicios; los gestores o managers capacitados para intervenir eficazmente en los procesos comprendidos por las ramas e hileras productivas de cada sector, nuevos perfiles laborales, competencias y actitudes para la inserción en los procesos de cambio, hasta la constitución de una red de industrias y servicios auxiliares también basados en la creatividad y el conocimiento especializado; entre ellos diseño, marketing, packaging, comunicación, publicidad.
En suma, se trata de procesos que no admiten la improvisación, la prescindencia en la guerra simbólica actual, la fuga hacia el pasado, ni el refugio en la estética entendida como separada de la ética y a ésta desvinculada de la economía y la política, sino que comprometen al Estado y a toda la sociedad. Restituir los vínculos quebrados entre estos términos compete a la cultura, en sus dimensiones artística, cognoscitiva y de valores que orientan la convivencia social y los proyectos individuales y colectivos.

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EL PERONISMO Y LA DICOTOMÍA CIVILIZACIÓN-BARBARIE. EL ´FACUNDO´ DE SARMIENTO; LA CONSTRUCCIÓN LITERARIA DE UN MITO POLÍTICO

“Pero la civilización no se decreta. Por haber sancionado constituciones republicanas, ¿tenéis la verdad de la república?
No, ciertamente: tenéis la república escrita, no la república práctica.”
Juan Bautista Alberdi

1. La Historia Oficial

La versión oficial, liberal-unitaria, de la historia argentina se alimenta del mito civilización vs. barbarie, reivindicando al primer término desde una visión racional-positivista de la sociedad que descarta lo popular. El hiato entre la dinámica social del pueblo, en su carácter de sujeto histórico, y las instituciones republicanas, percibidas como exclusivo producto de élites “iluminadas”, da cuenta de una concepción de la política como relación gobernantes-gobernados que no permite el disenso ni concede derecho a la diferencia. Se trata de una ideología autoritaria y pre-moderna –antes que liberal y moderna- que ha servido a naturalizar la violencia como forma de resolución de los conflictos, así como la creencia de que una modernidad superficial, basada en el remedo de ciertos rasgos de la cultura e instituciones políticas de matriz racionalista europea, serían equivalentes a una democracia moderna.
Las antinomias irreconciliables que atraviesan la historia argentina de los siglos XIX y XX adolecen de un tinte biologista y racista que inscribe en el rubro de barbarie todo rasgo cultural y/o político que escape a las codificaciones de aquella matriz, solo sustentada por clases dominantes fóbicas al propio pueblo. Si bien ellas establecen como centro político-administrativo a la ciudad de Buenos Aires, el proyecto liberal-oligárquico se funda en una constelación de poder urbano-rural generadora de conflictos que involucran al conjunto de la Nación. La propiedad de la tierra percibida como fuente de dominio, prestigio y poder –un residuo colonial- es contradictoria con la concepción capitalista moderna que la inscribe entre los instrumentos de la producción. Ella engendra el país agroexportador subordinado a las necesidades de expansión industrial de las metrópolis centrales. La pretensión de la oligarquía de resolver este problema, de orden político y económico, por la vía militar, requirió un andamiaje ideológico que enmascarara las verdaderas causas del atraso, desplazándolas hacia ciertos sujetos sociales.
La tarea intelectual de alegorización de la lucha política mediante el planteo de la dicotomía civilización-barbarie, inicialmente asumida por Sarmiento, remite a la disyunción cultura-naturaleza, de raigambre iluminista. Desde este punto de partida, la corriente historiográfica inaugurada por Mitre, y abonada por la exhuberante prosa sarmientinna, se dedica a construir una historia mítica que sustrae del debate el conflicto central.
El léxico médico empleado por los publicistas liberales-unitarios de la época justifica la imposición de un proyecto económico y político a sangre y fuego como una práctica remedial que es menester aplicar a un cuerpo enfermo, el de la Nación, para que, civilización europea mediante, recupere la salud (Terán; 1983).

2. El ´Facundo´ de Sarmiento, la fundación del mito y la construcción de un Estado escindido de la Nación
Una de las contradicciones más impactantes del Facundo, es la reiterada referencia a la vastedad de un territorio escasamente poblado al Sur de la provincia de Buenos Aires, junto a la imperiosa necesidad de eliminar a los “salvajes” -indios y gauchos- que constituían la población mayoritaria del mismo. Sarmiento define el principal problema de Argentina como ausencia. Existiría así un desequilibrio estructural entre una ausencia, de espíritu -o sea de instituciones y cultura- y una sobrepresencia, de la naturaleza, término que engloba al territorio físico y a los pobladores originarios del mismo.
Esta inmensidad territorial, “cuyas riquezas sin explotar son acechadas por salvajes que aguardan las noches de luna para caer cual enjambre de hienas, sobre los ganados que pacen en los campos y las indefensas poblaciones” (Sarmiento; 1963) podría resultar positiva solo en el caso de ser dominada por quienes pudieran civilizarla. El positivismo sarmientino concibe a la civilización, más en su dimensión económica que como perfeccionamiento moral e intelectual de la sociedad. Para explotar las riquezas de las feéricas llanuras pampeanas, desperdiciadas en manos de salvajes, la generación del 80 encara el proyecto de sustitución poblacional y cultural más ambicioso de la historia moderna.
Si bien es cierto que la furia de los malones arrasaba las poblaciones que habían invadido las tierras indígenas, Rosas, después de su campaña punitiva (1832-1833) logró un pacto que aseguró un largo período de convivencia pacífica con los indios. Pero el programa de los triunfadores de Pavón estipulaba que debía “limpiarse a la pampa de los indios empujándolos más allá del Río Negro”. Algunos observadores de la época estimaban que esta misión, encomendada al Gral. Roca, era difícil o imposible de cumplir, pensando quizá en un proceso que combinara la persuasión y la asimilación cultural. No obstante, el testimonio del viajero francés Alfred Ebelot, constata con asombro que el objetivo, que muchos estimaban iría a tardar entre uno y tres siglos en alcanzarse, se había logrado en apenas tres años (Pérez Amuchástegui; 1980).
Los habitantes originarios de la “campiña” fueron designados el enemigo identificado, en tanto representantes de las fuerzas del mal -“la soledad, el peligro, el salvaje, la muerte” (Sarmiento; 1963) que debían eliminarse de raíz. De allí que el eufemístico título de “Campaña del desierto” dado al operativo militar de Roca, sirviera a ocultar que el mismo apuntaba al exterminio de poblaciones enteras, antes que a la colonización de tierras deshabitadas.
Además del indio, el gaucho -objeto de reconocimiento por su valentía cuando integrara los ejércitos intependentistas- también fue concebido como una forma peculiar de naturaleza, cuyos rasgos de personalidad obedecerían a una determinada composición racial y a una suerte de mímesis con las indómitas fuerzas de la campiña. Obligados al nomadismo por un régimen que les negaba el acceso a la propiedad de la tierra, condenándolos a ser carne de cañon del ejército o peones eventuales, los gauchos deambulaban por los campos dedicándose al cuatrerismo para sobrevivir. Se construye así el mito del gaucho matrero, vago e inservible para el trabajo, depositario de la negatividad del sistema social, que predomina hasta fines del siglo XIX.
La sede local de la civilización la ubica Sarmiento en la cosmopolita ciudad de Buenos Aires, ya que la “docta” Córdoba no pasa de ser para él el lugar donde duerme la siesta el arcaico hispanismo del interior. Esta operación clasificatoria establece una doble dicotomía: naturaleza-barbarie-campo-interior del país –equivalentes de irracionalidad y muerte- versus sociedad-civilización-ciudad-Buenos Aires –sinónimo de vida y razón- que remite a la de vacío vs. lleno. Adopta así la antinomia campo/ciudad de la tradición europea –que responde a la opción agricultura/industria- pero para establecer un orden civilizatorio jerárquico en cuya cúspide ubica a las potencias colonialistas de la época, Inglaterra y Francia, frente a una España que percibe retrógrada y decadente.
La propuesta consiste en “llenar” el vacío -de civilización- de la campiña-naturaleza, con los dones de la razón y el progreso intrínsecos a la ciudad cosmopolita, representados por un sector social preciso, más que por la inexistente pujanza industrial de aquella.
Aunque a simple vista parezca contradictorio demandar un exterminio poblacional para llenar un vacío de población, el sistema ideológico construido por Sarmiento apunta a demostrar la validez de esta afirmación. La dicotomía civilización/barbarie alude a la oposición: “adentro” vs. “afuera” planteada por la etimologia original del término bárbaro de la antigüedad clásica, aunque Sarmiento invierte el sentido de la demarcación. Construye así una alegoría literaria de las relaciones sociales a implantar por el proyecto liberal-unitario, mediante la cual designa a quienes serán los sujetos y quienes los objetos del mismo; los incluidos y los excluidos.
Cabe acotar que Sarmiento soñaba con una inmigración noreuropea y que los, aún escasos, inmigrantes no eran vistos como “invasores extranjeros”. Esta percepción se afianzará en los sectores dominantes entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, cuando se modifica la relación entre población nacional y extranjera y los inmigrantes comienzan a fundar las organizaciones gremiales y políticas que encabezan las primeras huelgas y movilizaciones. Es entonces que el gaucho, ya “domesticado” y convertido en paisano o peón de la estancia, será erigido en mito positivo y símbolo de la argentinidad, por la misma clase que lo persiguiera y despreciara. El objeto de desprecio y represión pasará a ser la “chusma extranjera”, compuesta por los inmigrantes que luchan por sus derechos sociales y políticos.
Pero en la época en que Sarmiento escribe ´Facundo´, la necesidad de inmigrantes era intrínseca, antes que a la idea de civilización en abstracto, al proyecto que les asigna el rol social de mano de obra laboriosa y sumisa, para oponer al gaucho y al criollo del interior, opositores al injusto orden que el mismo instala por la fuerza de las armas.
Si el autor apela al límite territorial de la línea de los fortines que deslinda las poblaciones blancas de las tribus de indios y éstos son concebidos como invasores bárbaros, no es por su condición de exteriores a una frontera física, sino por su carácter de resistenciales al proyecto oligárquico. Al incluir también en la categoría de extranjero –o bárbaro- al gaucho, convertido por la fuerza en soldado de las campañas militares internas, a los caudillos de las montoneras y a los integrantes del Partido Federal del interior del país -todos ellos partícipes de un proyecto alternativo- y ubicar “adentro” a los inmigrantes europeos, el autor evidencia que alude a los límites de un espacio simbólico; el proyecto político de la generación del 80. No es, entonces, una paradoja que califique a los pobladores originarios como objeto; los “otros” invasores externos, mientras considere a la inmigración europea parte del “adentro” –el “nosotros”- asignándole el rol de sujeto.
El carácter civilizador de la ciudad responde a la lógica universal del progreso; significa la preeminencia de la sociedad urbana industrial sobre la agraria. Sin embargo la campiña pampeana y el interior del país no son considerados una sociedad rural a ser transformada por el avance de la industria, sino un objeto a ser apropiado por una clase social, la única capaz de insuflarle espíritu, en cuanto genuina representante de la civilización; es decir de la corona británica en el aspecto económico y de Francia en el cultural.
Como sucede con otros mitos, el de civilización/barbarie revela su función ideológica legitimante de un orden del mundo que se pretende incuestionable. Se trata, en este caso, de una ideología colonialista congruente con el carácter colonizador del proyecto que propugna que un minoritario, aunque poderoso, grupo social concentre la suma del poder político y económico. Todo lo que se oponga a este orden será considerado bárbaro y, como tal, objeto de control, disciplinamiento o exterminio.
Contrariamente a la apertura a la inmigración para poblar el país que pretendía Alberdi, desde la perspectiva de un proyecto político cuyas instituciones expresaran a la nación real e impulsaran su desarrollo autónomo, el mito y la utopía moderna de progreso de la generación del 80 persiguen el objetivo de enmascarar que su proyecto consiste en la sustitución de indios y gauchos por cabezas de ganado y latifundistas y de las culturas originarias y criolla por la europea. El espacio urbano físico, la ciudad de Buenos Aires –que pocos conocían de manera directa- erigido en símbolo de la utopía, lo es en realidad del poder despótico que asienta en ella su ejercicio.
Como una nueva Roma, la Ciudad-Estado irradiaría su influencia civilizadora hacia el interior del país, fundando la nación utópica. Adoptadas desde este marco ideológico, las instituciones políticas de las naciones “modernas”, experimentan una mutación de sus funciones. No era igual que ellas sirvieran a legitimar el poder de una burguesía ascendente que asumía la representación de los intereses nacionales, restando poder a la clase dominante precedente –la nobleza- a fin de conducir la expansión del capitalismo industrial, internamente y transfronteras, que utilizarlas para que una elite se apropiara de las tierras de los “naturales”, a fin de subordinar el devenir del país a sus intereses y someter la Nación en gestación a una potencia externa. En el primer caso las instituciones políticas deben tender a la inclusión mediante formas negociadas de resolución de los conflictos, de modo de legitimar a la nueva clase dirigente. En el segundo tienen por función perpetuar una estructura de relaciones de poder retrógrada y excluyente que no puede hallar vías de legitimación política.
En tanto la guerra civil sustituye a la lucha política, la elite oligárquica necesita, tanto un ejército convertido en su guardia pretoriana cuanto “tribunas de doctrina” (Mitre; 1870) para una tarea de re-culturación que legitime el poder ganado en los campos de batalla. Este “vacío”, resultante del método para llenar el anterior, reclama una intensa tarea de elaboración intelectual y publicística y de la instrucción pública como estrategias político-ideológicas de la sustitución material. Expropiar contenidos es una operación semántica mediante la cual, a la vez de tornar simbólicamente invisibles las culturas de quienes son excluidos o exterminados, se introducen nuevos componentes culturales. Resocializar a criollos e inmigrantes conforme a la matriz cultural de una patria europea mítica, fue la misión asumida por la prensa, la literatura, las artes y la enseñanza formal.
Es sabido que la construcción del drama exige contrastes marcados entre opuestos irreconciliables. El arquetipo argentino de barbarie es el gran hallazgo literario que hará del Facundo una obra clásica. La figura del caudillo riojano Facundo Quiroga, que Sarmiento redime de su muerte por asesinato en Barranca Yaco, requiere el auxilio de otra figura complementaria y aún viva. Sobre el escenario del drama planea una sombra ominosa surgida de las “entrañas de la tierra”, la del dictador -personaje caro a la literatura latinoamericana del siglo XX- personalizado en Juan Manuel de Rosas. Indios, gauchos, caudillos del interior y dictador son amalgamados en el polo de la barbarie federalista, que entonces sí adquiere una presencia amenazante. La descripción detallada de ambos personajes y las comparaciones que transpolan los órdenes universal/particular, son indispensables para que la simplificación que practica el mito adquiera densidad dramática y articule historia, literatura e ideología, dando verosimilitud doctrinaria al anti-federalismo militante que vertebra la obra.
La roja simbología del federalismo rosista, que remite a la sangre y la muerte de la mano de los bárbaros mazorqueros –no casualmente gauchos de la campiña bonaerense- termina de componer la identidad de un “otro” cuya violencia es descripta como tan irracional e inmotivada en causas históricas objetivables, que no puede sino atribuirse a la fuerza esencial y arrasadora de la tierra encarnada en una “raza” de hombres. La correspondencia entre los rasgos físicos y la personalidad del personaje central es subrayada una y otra vez. La mirada, la barba y la voz gutural de Facundo actúan como señales de la psicología del sanguinario “tigre de los llanos”, explicándose sus conductas en la comunión, por medio de la sangre, entre aquella “raza” y las fuerzas de la naturaleza, por definición incontrolables. Este vacío, de orden moral y espiritual, pero de origen físico y racial, obedece a un determinismo cuyo quiebre demanda des-naturalizar a la naturaleza, también mediante la sangre.
La oposición civilización/barbarie, en cuanto figura retórica dirigida a alegorizar la dicotomía irreconciliable entre dos proyectos políticos, extrae verosimilitud de su magistral construcción literaria, antes que de la sesgada interpretación de los hechos históricos de Sarmiento. Es curioso comprobar que las fuerzas que representan a la civilización, siendo parte fundamental de la historia no estén personalizadas, salvo en ciertas alusiones elogiosas (al general Paz entre otros), aunque tras ellas existieran personajes muy concretos; tanto monarcas, déspotas ilustrados, políticos y diplomáticos europeos, como “doctores”, terratenientes, sanguinarios militares y ambiciosos comerciantes –en su mayor parte ingleses- de Buenos Aires, con muchos de los cuales Sarmiento mantenía correspondencia. En cambio, del polo de la barbarie, la personificación pormenorizada en Facundo y Rosas -y el estremecedor anecdotario con el que construye sus perfiles dramáticos- confieren a las fuerzas de la irracionalidad una presencia aterradora, revistiendo de riqueza literaria la tesis ideológica de la obra. Este aparente desbalance en el tratamiento del drama no es un error técnico, sino un recurso para introducir el punto de vista del relator de manera solapada. A través del narrador-autor Sarmiento, no habla el opositor político encarnizado al rosismo, sino la misma voz de la civilización. ¿Cómo cuestionar esta autoridad inapelable?
La mirada sobre Argentina del Sarmiento exiliado en Chile -donde se publica por primera vez el Facundo como folletín del diario El Progreso, desde mayo de 1945- es la del europeo desarraigado de su patria. Desde esta distancia, física y simbólica, el país real adquiere el carácter de “objeto” para la fabricación de la nación utópica.
La construcción de una versión de la historia de carácter mítico-doctrinario procura revestir de racionalidad una empresa irracional, y de signos de modernidad una estructura de relaciones de poder pre-moderna, en épocas en la que las naciones que obraban como marco de referencia estaban en pleno proceso de industrialización. La civilización, concebida como la ampliación de la frontera agrícola para la inserción subordinada del país en el mercado capitalista mundial en calidad de exportador de productos primarios, y la concentración de la tenencia de las tierras expropiadas a sus pobladores originarios -para incorporarlas a la jurisdicción nacional bajo el control de escasos propietarios partícipes del proyecto político- hacía necesario desarticular las relaciones sociales del país real y rearticularlas desde un polo de poder centralizado que les imprimiera la lógica de la nación imaginaria que debía reemplazarlo.
Esta es la contradicción fundante que el mito oculta; las instituciones políticas y la cultura argentinas debían ser de matriz europea moderna, pero el país material habría de basarse en la economía agrícola y ganadera del latifundio, herencia histórica del período colonial, a fin de tornarlo funcional a las necesidades e intereses de las naciones que avanzaban en su industrialización y a los de un reducido sector interno de terratenientes, “doctores” y comerciantes porteños. Es esta opción política, y no la “razón histórica” del progreso, la que plantea un dilema cuya resolución no puede ser otra que el aniquilamiento de uno de los términos de la antinomia. La violencia desatada es proporcional a la distancia entre la nación imaginaria y el país real.
El Facundo introduce la paradoja que signará la trayectoria histórica de Argentina desde el siglo XIX hasta el presente. La construcción del significado dominante de la identidad argentina no fue producto de las prácticas sociopolíticas encaminadas a construir su significante; el Estado-nación moderno -tal como sucediera en Europa con la burguesía en su prolongada lucha contra la nobleza - sino que lo precedió. Después de construido el objeto simbólico nación argentina en el imaginario de una clase social, fue menester “producir” los significantes que lo representaran. En tanto los referentes sociohistóricos no se adaptaban a él, se hizo preciso sustituirlos por los que pudieran representarlo. El error consistió en suponer que, al fundar un Estado se estaba construyendo una Nación.
Solo el fundamentalismo anti-popular de la generación del 80 –intelectuales-guerreros y, en su mayor parte, también políticos y terratenientes- puede explicar que, desde una construcción simbólica sin asidero en la realidad endógena, se derivaran decisiones políticas para “fabricar una nación” (Terán; 1983). La adopción del marco de referencia sociohistórico exógeno -Francia e Inglaterra y, en menor medida el iluminismo norteamericano del siglo XVIII- como si fuera el propio marco de pertenencia, implica, en palabras de Arturo Jauretche, la “zoncera madre” .
El estado argentino nacido de esta construcción mítico-utópica fue condenado a permencer escindido de la Nación y en disponibilidad para ser apropiado por sucesivas elites políticas asociadas a los grupos de poder económico interno y exteriores. La unidad entre ambos términos es la gran tarea de la modernidad, aún pendiente, encarada primero por el irigoyenismo, con la incoporación de las clases medias de origen inmigrante a la vida política y después por el peronismo, al proponerse integrar a las masas pobres de las periferias de las ciudades y del interior del país.

3. El peronismo; civilización y barbarie

Aunque hay todavía quienes califican al peronismo de barbarie en el estricto sentido –peyorativo- de Sarmiento, el argumento no carece de cierta lógica si se lo contempla a la luz de la demarcación “adentro”/”afuera”; “vacío/lleno”, establecida por el mito que aquél fundara.
Es preciso apuntar que, conforme a dicho mito, el peronismo debiera considerarse una elevada expresión de civilización; dio un decidido impulso a la industrialización, a la constitución de una burguesía nacional y a los procesos de urbanización y ampliación del acceso al consumo y la educación a las clases populares, típicos de la sociedad de masas según los patrones europeos modernos. Pero... este proceso fue conducido por un Estado que asumió la construcción de un proyecto nacional y popular como eje de la organización de la sociedad y supuso la transformación de los excluidos en sujeto histórico; es decir en pueblo. Ello implicó que, quienes hasta entonces pertenecían al afuera y eran representativos del vacío –de civilización-, fueran incluidos en el espacio de producción de ciudadanía en sus tres dimensiones constitutivas; socioeconómica, política y cultural, antes privativo de un reducido sector social, y dignificados como representantes genuinos de la identidad cultural argentina en cuanto civilización.
Para el nuevo orden, dos instituciones fundantes de la modernidad, el Estado y los sindicatos, debieron concentrar el poder social que, sustraído a las clases oligárquicas y sus intelectuales orgánicos –las élites ilustradas urbanas- habría de ser redistribuido hacia las clases populares, en muchos casos iletradas. El cuestionamiento al orden instituido por el mito y la inversión del sentido del mismo y de las jerarquías sociales por él establecidas es uno de los tabúes consagrados por todas las culturas. No en vano el folklore de los distintos pueblos confiere el carácter de rito a esta transgresión confinándola a una etapa acotada del año; el carnaval.
Para los deudos de la nación imaginaria liberal-positivista, que solo adquirió cierta carnadura en algunos espacios de la ciudad-puerto, este cambio significó una carnavalización de la realidad. La insólita irrupción de la considerada barbarie en el seno mismo de la civilización y la inversión del sentido de ésta, como es habitual en todo proceso de cambio histórico, produjo también el marco ideológico-doctrinario y las prácticas políticas que la legitimaran. Por fuerza, todo ello habría de ser percibido como irracional y, por ende, bárbaro, desde aquella matriz de pensamiento, todavía prevaleciente en los sectores intelectuales de la Ciudad-Estado fundada por el proyecto oligárquico.
Desde este imaginario, el “orden” -entendido como sometimiento sin fisuras del pueblo a los poderosos- se construye simbólicamente como equivalente del “progreso”, el que, a su vez, remite a determinadas instituciones políticas gobernadas por elites supuestamente representativas de los intereses de la Nación, de manera desapegada de las demandas populares. Es consustancial a esta ideología –que excede los marcos políticos partidistas- que la imposición de tal “bien superior”, demande el acaparamiento del Estado por un agente al que se presume ideológicamente neutral, sean las Fuerzas Armadas y/o las tecnocracias formadas en las doctrinas económicas, militares y políticas de las metrópolis centrales. La recurrencia a este paradigma de ejercicio del poder –no pocas veces respaldado por la fuerza de las armas y justificado por la invocación a un orden dirigido a llenar “vacíos” diversos- dio por resultado instituciones políticas débiles y crecientemente autonomizadas de las aspiraciones e intereses mayoritarios de la sociedad. El Estado, convertido en botín de guerra de ciertos grupos, fue articulado en cada caso al poder económico dominante interno y de la potencia mundial hegemónica de turno y divorciado de la Nación, en cuanto entidad simbólica representativa del pueblo.
Las instituciones republicanas modeladas desde esta trayectoria no manifiestan vocación por fundar una democracia moderna que restaure los vínculos entre pueblo, Nación y Estado ni aptitud de representar los intereses mayoritarios de la sociedad argentina. Por el contrario, los gobiernos emergentes de la misma suelen asumir el proyecto de los grupos de poder minoritarios y prescindir de las demandas de la mayor parte de la sociedad. Esta tradición supo producir instituciones, empresarios, partidocracias, burocracias y demagogos funcionales a su reproducción, así como crisis cíclicas que evidencian la inviabilidad del (des)orden engendrado por la lógica que la preside.
En este divorcio entre pueblo, nación y Estado percibió Juan D. Perón el problema estructural del país, que debía superar todo proyecto político que aspirara al cambio de paradigma de desarrollo. La respuesta al mismo fue la comunidad organizada. Concepto no suficientemente profundizado ni comprendido, aún dentro del peronismo.
Desde esta perspectiva, las entonces denominadas “organizaciones libres del pueblo” -y hoy ONG´s o Asociaciones de la Sociedad Civil- son las instancias constitutivas de la comunidad organizada, llamadas a establecer una mediación entre la lógica económica guiada por fines de lucro y la lógica de los partidos políticos orientada hacia el logro del poder, en ambos casos entendidos como fines valiosos en sí.




Bibliografía citada:

• Alberdi, Juan Bautista, Escritos póstumos, Tomo X, pág. 155, citado por Fermín Chavez en Civilización y barbarie en la historia de la cultura argentina (1965), Ediciones Theoría, Buenos Aires.
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• Feinmann, José Pablo; (1986) Filosofía y Nación, Legasa, Buenos Aires.
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LOS DESAFÍOS DE LAS POLÍTICAS CULTURALES Y LA GESTIÓN CULTURAL EN EL MARCO DE LA CRISIS

1. De la “cultura de la diversión” a la “cultura de la imaginación”

En el debate sobre la cultura han ido cobrando fuerza varios pre-conceptos. Entre ellos importa aclarar el que enfoca a la cultura desde la oposición divertida/aburrida.
Puede suceder que la demanda de una cultura “divertida” se interprete como una necesidad, particularmente de los sectores jóvenes, ejerciendo por tanto una presión sobre la toma de decisiones. O que el temor a quedar entrampada en la lógica elitista, que suele proliferar en torno a ciertas instituciones culturales, induzca a la gestión cultural a suponer que ello puede evitarse mediante el “suministro” de experiencias divertidas que le conferirán una imagen “moderna”.
Otra fuente de presiones puede provenir de los decisores políticos aquejados de crisis de legitimidad, en particular entre los electores jóvenes. Los argumentos utilizados suelen ser, orientar las acciones a la captura de un público masivo mediante la oferta de productos y servicios que gocen de popularidad. Funcional a estos argumentos es la construcción de un mito en torno a valores que, supuestamente, serían intrínsecos a una etapa de la vida considerada en exclusivos términos biológicos: la juventud.
La construcción mítica del objeto “juventud” remite, por lado a la cultura massmediática y, por el otro, al marketing político que, para capturar a los electores más reacios a la asunción de compromisos políticos refuerza las demarcaciones identitarias de los jóvenes, en lugar de propender a la integración de una sociedad en extremo fragmentada. La dicotomía cultura divertida-cultura aburrida, connota las de juventud-vejez ; moderno-antiguo, y supone la adopción de un determinado marco ideológico. Este es el que valoriza a los seres humanos en tanto productores-consumidores, de acuerdo a su potencial biológico, afianzando así el “darwinismo social” que practica la lógica del mercado por nuevas vías.
Entre los arcaísmos políticos en boga, hay uno que supone que la convocatoria masiva de jóvenes a un recital de música o mega-evento gratuito, produciría la adhesión automática de este electorado y que el prestigio o la popularidad de ciertos artistas se transmitirá por contagio al político que propicia el evento “divertido” o lo inaugura con el aburrido discurso de rigor. Esta convención se inscribe en las reglas de la escenificación de la política de naturaleza massmediática, antes que en el campo de la acción cultural.
Del juego de presiones no está ausente la televisión, que promueve una cultura juvenil mítica, por definición “divertida” y, en contrapartida, la idea de que la cultura seria -también concebida míticamente- es “aburrida”. El ocultamiento de la función reproductora de la diferenciación social originada en causas socioeconómicas mediante la apelación a la estética, que cumpliera la política cultural orientada a la “elevación del espíritu” por el arte -con sus intervenciones solemnes y autoreferenciales- exigiría así, antes que el cambio de aquellas funciones, un aggiornamiento funcional al nuevo escenario de mercantilización de la vida. El objeto simbólico juventud adquiere, en este contexto, el carácter de símbolo del bienestar, la libertad y la belleza a través del consumo. Algo bastante alejado de la situación real de la mayor parte de los jóvenes.
Las contradicciones de las operaciones discursivas que atraviesan esta concepción, de apariencia ingenua, son evidentes. Sería un absurdo extrapolar la oposición verdadero-falso de su campo de origen -la ciencia- a cualquiera de los géneros literarios o a la creación artística en general, (¡aunque todavía se pretenda hacerlo!), porque ella no es pertinente a la misma.
Divertir/aburrir tampoco es una disyunción apropiada al arte y la cultura, ni una finalidad de la creación en cualquiera de sus campos, mucho menos puede serlo de la gestión cultural. La cultura y, dentro de ella, el arte, se definen por una particularidad: construir sentido, a veces, a pesar de quienes desde determinadas posturas estéticas se propongan únicamente destruir ciertos sentidos, como las vanguardias, o tan solo proporcionar entretenimiento, como la televisión. Otra cuestión es qué sentidos se construyen y cómo se lo hace; si a través del drama, la tragedia, la violencia de una serie de acción, el teatro underground, o la risa y el humor. Como bien se sabe confundir medios con fines es fatal.
El mundo actual no es, precisamente divertido, basta con ver un noticiero de televisión o leer el periódico para comprobarlo. Tampoco se presenta comprensible; la mayor transparencia adjudicada a la hipertrofia informativa en la sociedad de las redes sume a los ciudadanos en un oscuro laberinto de interrogantes que provocan angustia. Existe coincidencia en señalar que una de las principales motivaciones de los consumos culturales sería la búsqueda de respuestas a los muchos interrogantes que acosan a las personas, particularmente en contextos de crisis e incertidumbre extrema.
En el presente, quizá como pocas veces en la historia, las sociedades son recorridas por sentidos ambivalentes y contradictorios. Por un lado estremecern las masacres y los genocidos en gran escala, los abusos de los poderosos sobre los débiles -sean sectores sociales o naciones-, el desastre ecológico, el hambre y la exclusión social de cada vez más vastos sectores de la población, la anarquía voraz de los flujos financieros, la violencia que implosiona en la vida cotidiana y la destrucción del tejido social, en cuanto síntomas de un nuevo (des)orden mundial que promueve inéditas formas de barbarie. Por el otro, los avances de la ciencia y la técnica y las nuevas formas de organización social que procuran dar respuesta a múltiples demandas no contenidas por la política, ni respondidas por el Estado; por los derechos humanos, de género, ambientales, etc. dan cuenta de perspectivas esperanzadoras. El clima de revulsión que afecta a diferentes sociedades, así como el surgimiento de movimientos sociales locales y globales que con sus prácticas y reclamos van definiendo los perfiles de una nueva utopía, son algunas evidencias de que el estado de malestar social se torna insoportable y crece la conciencia de que es menester articular respuestas colectivas.
En términos de la información que circula de manera preponderante, los múltiples problemas de la realidad se presentan como “hechos” carentes de causalidades e interrelaciones, imprevisibles y, en general, revestidos de una opacidad que los torna indescifrables para la mayor parte de los ciudadanos. De este modo se los resignifica desde las prácticas discursivas del poder -económico, político y mediático- que omiten las causas y relaciones entre ellos encubriendo así los reales intereses que los animan.
La crisis colectiva del sentido derivada de los vertiginosos cambios que experimentan las diferentes sociedades en la era de la globalización, implica una negación del valor de la vida, que es denominada nihilismo y asociada a la pérdida de la fuerza vinculante de los “ideales de la modernidad” por algunos pensadores. El horizonte de una sociedad fundada en las ideas de progreso y emancipación humanos, cede paso al escepticismo, el cinismo y a distintas formas de escapismo y de violencia, dando cuenta de una conciencia alienada en la sobrevivencia individual ante la imposibilidad de imaginar y proyectar el futuro de manera colectiva. La razón técnica, en cuanto ideología que deposita en los avances tecnológicos la resolución de diferentes problemas considerándolos de manera desapegada de las relaciones de poder en las que ellos se inscriben, intenta mitigar el vacío derivado de aquella pérdida. Los valores que caracterizan a las nuevas utopías emergentes de los movimientos sociales, constituyen una fuerza reactiva a esta situación. La restitución de los vínculos quebrados entre la ciencia, el arte y la vida social, la comprensión del mundo como proceso complejo y contradictorio, la búsqueda de relaciones armónicas entre culturas y sociedades diversas y con respecto al medio ambiente, son algunas de las ideas que procuran oponer una suerte de humanismo trascendente universal, al avance disruptor de las fuerzas económicas y políticas de la globalización.
El sentido de la vida está asociado a la esfera de las relaciones sociales donde se recrean valores y proyectos colectivos que posibilitan el reconocimiento de sujetos diferentes, cuyos fines y metas individuales no se perciben antagónicos de los que dan sustento a la unidad de la sociedad. Algo cualitativamente distinto de un mercado anónimo, cuyo objetivo es la reproducción del capital sin finalidad ulterior alguna. El debilitamiento de los lazos que trascienden la satisfacción inmediata de las apetencias individuales, erosiona las identidades que sostienen la organización de la vida social. Las relaciones, prácticas y sentidos colectivos pierden legitimidad y dejan de tener vigencia los valores que posibilitan la cohesión social, más allá de las diferencias que separan a las personas y grupos. Esta crisis también comprende al Estado-nación, menoscabando su carácter de instancia mediadora entre la sociedad civil, la esfera política y la económica.
El espacio significado como Nación, al cual correspondían una política, una cultura, una estructura social y una economía determinadas -que confería sentido a la existencia del Estado fundado por la modernidad- se resquebraja. Las funciones de integración y orientación de las fuerzas sociales y de sus demandas y aspiraciones, como forma clásica de las prácticas colectivas representadas por el Estado-nación, se han disgregado y autonomizado. De igual manera, cada campo del quehacer social -economía, política, cultura, etc.- ya no guarda correspondencia con los restantes y, en su conjunto, ellos no actúan como instancias organizadoras de la sociedad. La esfera de las decisiones políticas, no sólo se ha desviculado de los “mundos de la vida” (en palabras de Habermas, las relaciones interpersonales, el espacio local, como instancias próximas en las cuales todos se sienten en capacidad de incidir) sino también del Estado, como éste lo ha hecho con respecto a la Nación. Es perceptible que las decisiones fundamentales que orientan la vida de la sociedad, dependen cada vez más de espacios exógenos a la política y a la misma Nación; Wall Street, FMI, medios de comunicación social, grupos de presión económicos, nacionales y transnacionales. Esta situación es experimentada por los ciudadanos, y aunque sus causas escapen a la comprensión de buena parte de ellos, crece la sensación de estar frente a poderes omnímodos y difusos en cuyas determinaciones no es posible incidir.
El discurso político transita dos ejes excluyentes y por igual divorciados de los mundos de la vida, el marketing electoral y la esfera tecno-económica. La contrapartida de esta paradojal despolitización de la política -y de la emigración fragmentaria de lo político a otros campos de las prácticas sociales- introduce nuevas fracturas de sentido. La política quiebra así la relación básica que protege a los humanos de la locura: la de íntima correspondencia entre el discurso y la porción de realidad de vida a la que el mismo alude. Quebrado este lazo de confianza fundamental en el cual se acuñan las pocas certidumbres que permiten establecer relaciones de sentido con el mundo, más cercano o lejano, ¿en qué confiar o creer?
El discurso hegemónico de los medios de comunicación asume como un hecho, necesario o inevitable, la subordinación de la polis al mercado, proponiendo, en consecuencia, la personalización extrema de la política y la concepción de la vida como goce del instante. Se trata de construcciones simbólicas sustitutorias de las prácticas sociales productoras del sentido de polis por excelencia; la política y la cultura. Economía, política y cultura, se presentan como esferas escindidas entre sí y autonomizadas de la vida de la sociedad. Las representaciones y discursos que circulan de manera más profusa, lejos de dirigirse a cerrar esa brecha, la profundizan.
La propiedad de re-presentar -atribuida a la imagen desde Altamira hasta la llegada de la era digital- significa, literalmente, “restituir presencia”. Esto no debe confundirse con la idea de reproducción, mediante una u otra técnica -como sucediera en los inicios del cine- de las contingencias de los objetos materiales que ofrece la realidad física, meros artefactos inertes en tanto carentes de significados en sí. Re-presentar es el acto simbólico por medio del cual los individuos invisten de sentido a la realidad y a sus prácticas en relación con ella constituyéndose en sujetos. Este acto, a veces solitario, pone en juego la propia experiencia del mundo y la integralidad de la experiencia humana intersubjetivamente construidas; ideas, pensamientos, creencias, valores, ilusiones, apetencias, fantasmas; en suma imaginarios.
La cultura del goce del instante demanda excitación y desenfreno, algo opuesto de la emotividad y la reflexión que demandan los procesos cognoscitivos destinados a producir relaciones de sentido entre objetos que se presentan como datos aislados. Se requieren potentes dosis de anestesia para adormecer aquella parte del yo que aún clama por lo negado y que -al menos desde el artista-cazador de Altamira- es inherente a la condición humana: la construcción del sentido del mundo y de las prácticas individuales y colectivas en relación con él. Carece de importancia el vehículo calmante; se trate de la música ensordecedora de una disco, el talk-show televisivo, el consumo en un shopping, las ilusiones psicodélicas de un video game, o las más carnales de un porno-show. En tanto construcción intersubjetiva, el sentido forma parte de todas estas actividades. Aunque con seguridad difiera el que le adjudiquen unos y otros, todos coincidirán en que ellas son divertidas porque les permiten desenchufarse. En efecto, se trata de sentidos que desconectan a los individuos de la posibilidad de asumir el rol de sujetos; o sea, de participar en la construcción del sentido tendiente a formar una conciencia colectiva capaz de incidir transformadoramente en la realidad.
La alienación supone una conciencia refleja que no se propone interrogar al mundo para comprenderlo e intervenir en él mediante el ejercicio de la voluntad de decisión sobre el destino individual y colectivo. Solo impulsa a vivir el instante -o a sobrevivirlo- de la mejor manera posible, sin conferir a las propias prácticas más finalidad que el goce del momento o la experiencia acotada a ciertos fines instrumentales inmediatos.
La lógica de los mundos de la vida supone la representación imaginaria de un futuro mejor e implica la asunción de un proyecto colectivo en las ideas así como en las prácticas congruentes con ellas. Éste es percibido como el continente necesario de los proyectos individuales, en cuyo seno se definen las relaciones entre los sujetos en cuanto integrantes de una sociedad o de una familia. La lógica del mercado es intrínsecamente destructura de estos lazos inmateriales. Para ella solo existen los individuos, los que son concebidos exclusivamente en sus funciones de productores-consumidores de diferentes bienes.
Pero la esfera económica autonomizada de las esferas política y cultural, requiere del auxilio de ellas para producir y legitimar los sentidos que le posibiliten reproducirse como fin desprendido de toda ulterioridad que la trascienda. Estos construyen una idea de presente cuyos significados particulares remiten a la confusión y la incertidumbre y a un futuro percibido con angustia y miedo, en lugar de esperanza. Los sentidos capaces de alimentar ciertas metas colectivas y las prácticas que engendran la voluntad de alcanzarlas, son desplazados por la lucha por la sobrevivencia y la cultura del goce del instante. La capacidad humana de imaginar se debilita y la confianza en las propias fuerzas para incidir en la realidad, se debilita. Es esta una crisis cultural que involucra aspectos que van mucho más allá de la dimensión “material” de las relaciones sociales.
Escribe Cornelius Castoriadis que las relaciones sociales reales -es decir, socio-históricas- son instituídas, no porque lleven un “revestimiento jurídico” -en algunos casos no lo tienen- sino porque “fueron planteadas como maneras de hacer universales, simbolizadas y sancionadas”. Ellas “suponen una red a la vez real y simbólica que se sanciona ella misma, o sea una institución. Esto significa que la dimensión simbólica no es una adherencia agregada a la “materialidad” de las instituciones, sino que forma parte de la naturaleza de las mismas.
Por otra parte, según el filósofo, “La sociedad construye su simbolismo, pero no en total libertad.” Tampoco sin libertad alguna, dado que: “El simbolismo se agarra a lo natural y se agarra a lo histórico (a lo que ya estaba ahí); participa finalmente en lo racional. Todo esto hace que emerjan unos encadenamientos de significantes, unas relaciones entre significantes y significados, unas conexiones y unas consecuencias a los que no se apuntaba, ni estaban previstos. (...) el simbolismo a la vez que determina unos aspectos de la vida y de la sociedad (y no solamente aquellos que se suponía que determinaba) está lleno de intersticios y de grados de libertad”.
La “imaginación radical” es la facultad del ser humano que lo impulsa a explorar aquellos grados de libertad y ampliarlos para inventar sus instituciones, así como sus propios fantasmas. Plantea Castoriadis que lo instituido aparece desde la horda primitiva; todos los elementos de la institución ya están presentes en ella, salvo que la misma no está simbolizada como tal. Evidencia de que la institución adquiere presencia en la vida social a partir de que instituye un orden símbolico que traduce la acción de lo imaginario. Pero el papel del imaginario está en la raíz, tanto de la alienación como de la creación, de la historia y, obviamente, del arte.
La creación presupone -al igual que la alienación- la capacidad de darse lo que no es (en los encadenamientos simbólicos del pensamiento racional constituído). Pero mientras la alienación implica una autonomización del imaginario institucional con respecto a la dimensión social, la creación es constitución de lo nuevo en una relación de ida y vuelta con ésta.
Dos formas de constitución de lo simbólico son posibles; una inmediata en la que el individuo es dominado por el orden simbólico instituido y otra libre, lúcida y reflexiva, ya que si bien el discurso está presente en el simbolismo de lo que es, esto no implica que le esté fatalmente sometido. En tanto el objetivo del discurso no es el símbolo sino el sentido, todo discurso apunta a producir sentidos que pueden ser percibidos, pensados o imaginados . Son estas diversas modalidades de relación con el sentido las que presiden la representación y la creación, como procesos sociales mediante los cuales se constituyen los sujetos.
La imaginación radical sería la facultad de imaginar lo que no es a partir de lo que es, la que al imponer su presencia imaginaria al mundo orienta las prácticas sociales, a nivel individual y colectivo, hacia la construcción de nuevas instituciones. Estas no son sólo lo que la materialidad de sus códigos o funciones pretende, sino, fundamentalmente, productos históricos del imaginario colectivo. De allí el carácter particular, dinámico y cambiante de toda institución social, aunque el discurso del poder de cada época, pretenda que ellas son eternas e inmodificables.
Los imaginarios alienados están condenados a reproducir lo instituido. La imaginación radical, a la inversa, es instituyente, apunta al cambio. Ella es un fruto precioso de la experiencia humana que germina al crear nuevas relaciones de sentido que darán lugar a nuevas instituciones, aunque para ello sea preciso apelar a los “escombros” de las viejas construcciones simbólicas. Si la imaginación radical es pre-requisito de la creación constituye el objetivo central de la acción cultural. Sin embargo, ésta también es partícipe del simbolismo institucional, dado que ha sido construida por y, a la vez construye, determinados imaginarios que, en cada época y espacio, re-presentan relaciones de poder.
La gran tarea de la modernidad que puso en marcha el Renacimiento fue la producción de nuevos imaginarios instituyentes. La transformación del orden medieval que abrió paso a la era moderna se valió de un sistema de ideas que supuso un profundo cambio cultural. Esta revolución artística, científica y filosófica no fue solamente obra de la imaginación de algunos artistas e intelectuales, sino el producto de las relaciones de poder en un campo -el de las artes y la cultura en general- en un tiempo y espacio. Las luchas de los artistas e intelectuales por la apropiación del capital simbólico fue regulada por la competencia de los poderosos -Iglesia, príncipes, banqueros, dignatarios, grandes comerciantes- mediante la institución del mecenazgo. Institución que, incluso ejerciendo la censura, posibilitó la re-presentación de sentidos, prácticas e imaginarios que resignificaron al mundo desde la perspectiva de un nuevo proyecto político; el de la burguesía.
Aquél imaginario instituyente apeló, no obstante, a la reactualización de construcciones simbólicas de la antigüedad clásica, sustraidas del espacio social durante el medioevo pero que habían sido preservadas por intelectuales de los enclaves europeos de la cultura islámica. Este es el curioso itinerario que siguen las ideas fundantes de la modernidad para dar luz a la utopía que, en el siglo XIV y desde un orden social dominado por la religión, se encarnó en fuerzas sociales que consolidaron los estados-nación para concretarla. El rol asumido por la burguesía como agente del cambio sería impensable sin las ideas que fueron definiendo las prácticas sociales y políticas congruentes con ellas. El origen del Estado-nación como institución fundante de la modernidad, se inscribe en un proceso indisociable de la revolución cultural que supuso imaginar al individuo como centro del universo y a éste regido por las leyes de la razón y la ciencia.
La imaginación radical que presidió al Renacimiento, anticipó las ideas de un nuevo sistema de organización social y política que fue más allá de los siglos XIV y XV.
Al transformar aquellas ideas en los ideales de emancipación y progreso humanos sin límites, el Iluminismo del siglo XVIII dio lugar al Estado moderno desde el seno mismo del absolutismo monárquico. Estado que fue concebido como instancia articuladora de la razón y la historia; de la ideas y la realidad material, en virtud del desplazamiento del principio del origen divino del poder terrenal por el principio del raciocinio de los ciudadanos como fuente del mismo. Estos cambios históricos no son concebibles sin un arraigo en proyectos políticos que re-presentaron un futuro entendido como horizonte deseable por vastos sectores sociales. Si la dimensión cultural es parte sustantiva tanto del proyecto político que procura reproducir el mundo que es, cuanto de aquellos que apuntan a cambiarlo y de las prácticas humanas inscritas en uno u otro, ninguna transformación es factible sin la presencia de la imaginación radical.
Pensar en políticas y acciones culturales divorciadas de todo proyecto político es un absurdo o un imposible. Por mínimas que ellas sean siempre se inscriben en uno, se sea o no conciente de ello. La personalización de la política -ligada a su metamorfosis en género del espectáculo mediático- representa su privatización, en tanto pérdida del sentido dirigido a organizar las prácticas sociales en función de un proyecto colectivo superador de la realidad que es. De ella está ausente la imaginación radical.
La lógica que preside la creación, en cualquier campo; sea político, científico, o artístico es, precisamente, imaginar lo que no es. Las prácticas creativas que dan nacimiento a la obra, del campo de que se trate, se constituyen mediante procesos complejos que demandan conocimientos, habilidades, técnicas, etc., pero su punto de arranque es, en todos los casos, un acto de interrogación que pone en tela de juicio el mundo tal cual es e imagina nuevas opciones. De allí que las dictaduras siempre pretendan erradicar de la sociedad las facultades de interrogación, creación e imaginación.
En una democracia -por imperfecta que sea y mucho más si lo es- la acción cultural, lejos de obstruir la lógica de la creación sólo en ella justifica su existencia. Si no adopta la misión de impulsar la imaginación radical de la sociedad, estará negando su propia esencia, del mismo modo que lo hace la privatización de la política con la suya.
Demás está decir que la cultura de la diversión no parece apta para abrir la percepción humana a la interrogación y la problematización de lo que es, ni a la imaginación de lo que no es. Tampoco orienta las prácticas sociales hacia fines que trasciendan una instrumentalidad inmediata.
La gestión cultural no es una ciencia contable -aunque requiera de su auxilio- ni consiste en administrar edificios, pese a que los necesita, tampoco significa la producción de algunas acciones puntuales, sean aburridas o divertidas, en la falsa creencia de que se está “haciendo cultura”. La cultura la hace la sociedad. La misión de la gestión cultural es generar las condiciones para el pleno desarrollo de aquella. Este propósito reclama la intervención de la imaginación, pero a partir del conocimiento y la comprensión de lo que es. La dinámica del cambio no se basa en la ignorancia o la negación del presente y del pasado, ni en la actitud mesiánica de pretender fundarlo todo desde cero. Si no se toma en cuenta la realidad que es, en una situación de extrema complejidad de la sociedad y del campo cultural, será poco factible impulsar lo nuevo.
La lógica de la creación implica, por definición, una utopía; crear lo que no es. Asumirla plantea riesgos y dificultades, pero si un gestor cultural se aferra a lo que es, porque está de moda o parece asegurar éxito de público, no estará aportando al desarrollo cultural de la sociedad sino a su deterioro. Por “divertidas” que resulten sus acciones, ellas se inscribirán en el más terrorífico de los aburrimientos: la muerte de la imaginación.

2. La reconstrucción de la trama cultural en el cambio

Adoptar como punto de partida de la gestión cultural la lógica de la creación y como objetivo el impulso a la imaginación radical, exige tomar en cuenta dos preguntas interrelacionadas:
a) ¿Cómo impulsar en la sociedad el desarrollo de la capacidad de interrogación y comprensión crítica del mundo que es?
b) ¿Cómo generar las condiciones que propicien la representación de un futuro mejor por parte de los ciudadanos y propiciar la emergencia de la imaginación radical y las prácticas sociales consecuentes?
La primera dinámica implica promover la capacidad de interrogación de los fenómenos que se manifiestan como hechos aislados e inmodificables y sus múltiples relaciones de sentido, apuntando a desarrollar competencias de análisis crítico de los diferentes discursos que circulan en la sociedad. Comprender el mundo que es constituye una demanda generalizada de los ciudadanos ante la crisis, tanto para encontrar explicaciones a ella como para atisbar alternativas de superación a la angustia que provoca. Esta necesidad cultural no es registrada por las encuestas habituales ni puede ser satisfecha por el consumo de la cultura del goce del instante. Preservar a las conciencias de la duda ante las convulsiones que provoca la realidad que es, exige calmarlas mediante el “entretenimiento”. Categoría anodina inventada por el show-business en la que se suele englobar la interminable serie de golpes bajos y pavadas que suministra buena parte de la programación televisiva.
A pesar de sus deficiencias presupuestarias crónicas, la gestión cultural pública tiene a su alcance recursos e instrumentos de importancia sustantiva para aportar a la comprensión del mundo que es; las artes plásticas, el teatro, el patrimonio, la música, la pantomima, los concursos literarios, los talleres de reflexión filosófica, el video, el comic, etc. y, por supuesto, el humor, distinto de la cultura de la diversión cuando motiva a pensar aunque apelando a la risa.
El fin último de estos recursos culturales no son los productos derivados de su instrumentación, sino los sentidos a los que ellos dan presencia en la vida de la sociedad y su potencial de interpelación, tanto para provocar interrogantes que lleven a descubrir nuevas relaciones de sentido, como para abrir la imaginación a lo que no es.
La dificultad principal con la que tropiezan estos propósitos es modificar los habitus de percepción modelados por las instituciones que apuntan a la reproducción del mundo que es, entre ellas notoriamente, los medios masivos de comunicación. En la configuración de un determinado habitus de percepción de lo real reside el mayor poder a-culturador de aquellos. Se trata de una percepción acosada por la retórica de la urgencia y el impacto emotivo, destinada a bloquear la probable emergencia de interrogantes sobre los distintos fenómenos de la realidad. El continuum discursivo multimediático apela a unas pocas categorías estereotipadas, que se replican sin cesar como “tesis explicativas” acerca del acontecer cotidiano y de los hechos históricos. Esta sobreoferta de simplificaciones y estereotipos induce a los receptores-consumidores al ejercicio tranquilizador de decidir únicamente, cuál de dichas categorías “pret a porter” cabe aplicar al fenómeno de que se trate, desde el auge de la comida light y la moda de la música cuartetera, hasta la crisis del país o la guerra en Oriente Medio.
La velocidad impresa a las operaciones de suministro y consumo de series estrcturadas de informaciones-opiniones que entrañan categorías de clasificación de diversidad de fenómenos nuevos -y, por ende, ideología- los transforma al instante en supuestos viejos conocidos. Los procesos en los cuales ellos adquieren pleno sentido son desplazados por la “novedad”, en tanto categoría opuesta a la de innovación. La rápida sucesión de “novedades” cierra las puertas a la innovación cuya emergencia exige miradas y preguntas nuevas, antes que respuestas pre-formateadas. Al funcionar de similar manera con respecto al pasado, este habitus de percepción también lo despoja de los significados que permiten explicar el presente, misión que define a la historiografía en cuanto ciencia.
La construcción del sentido mediante una vertiginosa sucesión de hechos desgajados del pasado -los procesos en los que se constituyen- que aparecen, estallan y se extinguen como voraces llamaradas es el mayor obstáculo interpuesto a los procesos tendientes a explicar el presente, siempre vinculado al pasado cercano y remoto, como práctica intelectual íntrínseca a la posibilidad de imaginar el futuro. La dramatización de la información para ganar efecto se logra mediante una economía del sentido. El desprecio por el “contenido” -que exige reflexión- en beneficio de la “forma” destinada a provocar impacto, alimenta un habitus estructurador de la percepción consistente en el rechazo a la complejidad y al esfuerzo intelectual para aprehenderal. Si la realidad es compleja la indagación de las causas, consecuencias y relaciones de los fenómenos, en cuanto procesos temporales multidimensionales, es percibida como una actividad “aburrida” e innecesaria. La percepción simplificatoria proporciona, en cambio, gratificación inmediata a la conciencia, dado que a partir de unos pocos rasgos estereotipados y del borramiento de las jerarquías entre fenómenos de distinto orden, se arriba a categorías bi-polares que permiten clasificarla de manera rápida y sin esfuerzo. Los distintos discursos sobre la realidad son investidos de una simplificación extrema que los ubica en un continuum uniformador de lo percibido; el romance de la estrella de moda, el bache en una esquina, las medidas económicas que involucran la calidad de vida de millones de personas, y el discurso sobre la guerra o la política asumen el mismo rango de importancia. Los puntos saltantes de esta linealidad son los hechos violentos, dramatizados y personalizados en ciertos individuos y grupos, a su vez, desvinculados de las reales causas que los originan y sus hipotéticas soluciones.
El discurso mediático remite las causas de los males a un chivo expiatorio estereotipado; “los políticos”; “los delincuentes” u otros y la solución a otro estereotipo; “que se vayan todos”; “hay que matarlos”, etc. En cuanto a los pobres y excluidos oferta dos categorías ilusorias; la beneficencia y la demanda de “seguridad” mediante la represión. Estas operaciones cumplen la función de amalgama ideológica: despojar a lo real sociohistórico de su complejidad y someterlo a una bi-polaridad dicotómica que opera desplazamientos de sentido, enmascarada con la autoridad de la ciencia, la “información objetiva” o la institución que venga al caso, de modo de potenciar el anonadamiento que paraliza y potencia la reproducción de lo que es (en tanto es “evidente” que si todo es como es, no puede ser de otra manera).
En el campo de la gestión cultural, la utilización del patrimonio -tangible e intangible- como un recurso que posibilita la reconstrucción del hilo de la historia del cual es posible extraer conocimientos sobre el presente e imaginar futuros posibles, da respuesta a una necesidad perentoria de las sociedades que ven bloqueado su acceso a la memoria por vivir inmersas en el culto al presente perpétuo. Los “lapsus” de memoria con respecto al pasado actúan como vallas interpuestas al reconocimiento colectivo, impidiendo imaginar un futuro que, al integrar los saberes provenientes del mismo sin reiterar sus errores, trascienda los condicionamientos de la vida concebida en la instantaneidad del aquí y ahora.
Es posible constatar que los lapsus más graves de memoria están referidos al pasado reciente antes que al lejano, en particular entre los jóvenes. Aunque se responsabilice de esta situación a la educación formal, los “agujeros negros” que se observan en la materia pueden explicarse más bien, porque ciertas etapas de la historia están ausentes de los distintos ámbitos de la sociedad en los que las personas intercambian informaciones y saberes.
La segunda dinámica propuesta implica algo muy distinto del viejo programa cultural del iluminismo -burgués y socialista- consistente en “inyectar” en la conciencia del pueblo una ideología política, suponiendo que carece de la facultad de pensar por sí mismo, por lo que habría que evitarle este trabajo reservado a las élites intelectuales y las vanguardias políticas.
Se trata de generar espacios de intercambio promotores de relaciones de comunicación, expresión y creación, que posibiliten el reconocimiento y la reconstrucción de la autoestima para la constitución de sujetos -esto es, de ciudadanos- capaces de elaborar sus pensamientos, discursos y estrategias de acción. Descubrir relaciones de sentido, elaborarlas y expresarlas creativamente reclama un aprendizaje que es más grupal o colectivo que individual.
Las comunidades creativas integradas por actores provenientes de campos diversos que ponen en común experiencias y conocimientos con miras a imaginar lo nuevo, constituyen reservas de imaginación y espacios de libertad cuya influencia es contagiosa. Por ejemplo, las políticas culturales de Suecia conceden gran importancia a las mismas. Cada comunidad creativa se constituye en un nodo generador de innovaciones -artísticas, científicas, tecnológicas, etc.- que, conectado a otros, permite establecer una red de circulación de experiencias y proyectos con una enorme capacidad para integrar y dinamizar la cultura de la sociedad, además del potencial económico que las mismas pueden generar. La informática es convertida así en un importante recurso cultural y los grupos multidisciplinarios que constituyen a estas comunidades articulan diversos campos de conocimiento y disciplinas que, por lo común marchan por andariveles separados; ciencia y arte; cultura y economía; tecnología y ecología, etcétera.
Según el dramaturgo Bertolt Brecht, el desplazamiento del placer emotivo que proporciona la catarsis, hacia el placer intelectual de experimentar el descubrimiento -por el principio del distanciamiento tan caro a las vanguardias- sacude los condicionamientos perceptivos rutinarios del espectador vinculándolo al mundo de la vida a través del espectáculo teatral, pero sin someterlo a la magia de éste. La obra artística, en tanto mediadora entre los sujetos y el mundo, no agota su sentido en sí misma ni en la “descripción” -o la crítica- del mundo que es, sino que dispara significados más allá de ella. No es propósito del arte propiciar actos de consumo, como sucede con cualquier otra mercancía, sino de interrogación, develamiento e imaginación.
El desafío es cómo sustraer al público de los diversos servicios culturales de su papel de receptor condicionado por habitus de percepción que tienden a reproducirse en tanto son alimentados cotidianamente. La educación formal, inmersa en la formación de un habitus de percepción que, al enfatizar el raciocinio, la memorización y la cultura escrita, poniendo barreras a la sensibilidad, la emotividad y la capacidad de expresión, en cuanto vías diferentes de acceso al conocimiento, contribuye a bloquear o atrofiar las capacidades de descubrimiento e innovación. De allí la importancia de introducir en la educación formal y no-formal, prácticas que activen la creatividad.
Hoy se sabe que la recepción no es pasiva, sino activa y configuradora, pero ello no implica que todo acto de comunicación contribuya a activar la facultad de descubrimiento ni de creación. Derribar los condicionamientos que mantienen adormecida esta facultad es primordial. Las experiencias, artísticas u otras, que proporcionan el placer de descubrir relaciones entre los fenómenos y construir nuevos sentidos contribuyen a desarrollar la facultad de percepción vinculada a la creatividad.
En una democracia cultural los espectadores o públicos han de transformarse en creadores y emisores de sus propios discursos -artísticos y de diversa índole- y en actores de los procesos de circulación e intercambio de los mismos. La producción de los especialistas puede, no sólo coexistir sino interrelacionarse con la de los aficionados, derribando los muros que distancian a ambos grupos de actores entre sí más allá de los contactos, en general esporádicos, que mantienen en torno a los productos que se ofertan en el mercado.
Los espacios de interacción e intercambio de este tipo constituyen en sí mismos valiosos procesos formativos, en tanto a través de ellos se enriquece y fortalece la trama cultural que constituye a la sociedad. La orientación de la acción cultural hacia las prácticas y valores que recreen el interés por lo público -en la amplia gama que va de los aspectos ambientales hasta los derechos de las minorías, el ejercicio del control ciudadano y la resolución creativa de diversos problemas- relacionando a distintos grupos y sectores sociales, la transforma en un poderoso núcleo irradiador de calidad de la convivencia social.
Es, por supuesto, deseable que las acciones y servicios encaminados a lograr dichos propósitos tengan la mayor convocatoria posible, pero esto no puede llevar a confundir el “éxito” cuantitativo con la capacidad de interpelación, en términos cualitativos. El nuevo paradigma de la acción cultural puede sintetizarse en: ni minorías selectas, ni masas fascinadas: ciudadanos críticos y creativos.
La calidad de los servicios culturales se medirá por su aporte contínuo y persistente a los propósitos arriba enunciados. De manera indirecta, se estará inicidiendo así en la constitución de mercados de públicos demandantes de una cultura más diversa, rica y compleja, cuyas apetencias crecerán, cuantitativa y cualitativamente.
Un Estado democrático no puede censurar ni impedir la libre expresión, pero sí puede y debe intervenir para generar las condiciones que impulsen la constitución de mercados en los predominen la identidad cultural, la diversidad cultural y la calidad de los productos ofertados. Estos requisitos son indesligables de la participación de pluralidad de actores en la vida cultural de la sociedad. Las actuales tendencias a la uniformación y la chatura de la oferta cultural masiva y su escisión creciente del campo de la cultura erudita, solo pueden contrarestarse con la formación de públicos competentes y con una mayor participación de la comunidad en los procesos de producción y difusión de la cultura.
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